Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant


El programa Magnet a través de la mirada de sis periodistes

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Sis periodistes es capbussen en el programa Magnet i en les diverses històries que hi ha darrere i ens expliquen a través dels seus reportatges la feina, l’esforç, la il·lusió i la realitat de tots els agents implicats en unes aliances que busquen assolir l’èxit educatiu.

Sis periodistes es capbussen en el programa Magnet i en les diverses històries que hi ha darrere i ens expliquen a través dels seus reportatges la feina, l’esforç, la il·lusió i la realitat de tots els agents implicats en unes aliances que busquen assolir l’èxit educatiu.

Aliances que capgiren la segregació des de la transformació educativa recull sis articles elaborats per Montse PobletSergi PicazoCarina FarrerasVíctor SauraJaume Carbonell i Laia Vicens, que ens apropen la feina i el compromís d’un munt de persones que lluiten contra la segregació escolar i que cada dia superen les dificultats per aconseguir un sistema educatiu més equitatiu.

Centres educatius que innoven per capgirar la segregació escolar; equips docents compromesos amb la qualitat i l’equitat educativa i amb el futur dels infants i adolescents; equips educatius que repensen i adapten metodologies i horaris escolars per treballar de manera més competencial; institucions d’excel·lència implicades en l’educació que transfereixen el seu coneixement amb finalitat social; famílies implicades que escullen matricular els seus fills en escoles amb molta diversitat; alumnes que aprenen més i millor i que incrementen les seves expectatives educatives, ajuntaments que aposten per l’escolarització equilibrada… Tot això són les aliances Magnet!

Us convidem a llegir i compartir els articles d’aquesta publicació:

El dia a dia d’una escola segregada, de Sergi Picazo

La magnètica atracció entre un centre educatiu i una institució d’excel·lència, de Víctor Saura

La veu dels protagonistes, de Laia Vicens

Quan un equip docent es planteja iniciar un canvi, de Jaume Carbonell

Famílies Magnet, famílies implicades, de Carina Farreras


La empatía,la resiliencia y los empleos del futuro

El escenario laboral lleva a dar cada vez más valor a las habilidades blandas

https://www-lanacion-com-ar.cdn.ampproject.org/c/s/www.lanacion.com.ar/economia/empleos/opinion-la-empatia-la-resiliencia-y-los-empleos-que-habra-en-el-futuro-nid2607390/?outputType=amp

Allá por 2016, en el foro de Davos, se presentó un informe que describía los emergentes del futuro del trabajo. Destacaba, entre otras cosas, la importancia que tomarían algunas competencias blandas en un marco laboral con pocas certezas, mucha automatización y la inteligencia artificial (IA) compitiendo con ventaja. El análisis evidenció el necesario reskilling (aprendizaje continuo) de habilidades que requería para los que trabajamos en organizaciones. El Covid-19, con los cambios que trajo, magnificó y aceleró el asunto. El tema fue nuevamente foco en la cumbre de Davos del actual 2021.

El reskilling es fundamental, pero no es algo mágico. Las competencias blandas se pueden desarrollar y promover durante toda la vida, aunque se requiere tiempo, dedicación y voluntad de las personas y de las empresas para lograrlo.

En los últimos meses hemos visto muchas búsquedas laborales en las que se solicita -así como antes se pedía inglés fluido-, que los postulantes tengan empatía, agilidad o capacidad de resiliencia. Frente a una búsqueda así, la pregunta es cómo los equipos de Recursos Humanos evalúan que los postulantes tengan esas competencias y en qué grado, más allá de la autodeclaración o de la observación a los postulantes mientras son entrevistados o interactúan en procesos de evaluación.

Las personas pueden ser muy empáticas y resilientes frente a determinadas situaciones, pero eso no implica que lo serán en todas las ocasiones, en igual nivel y con la misma capacidad de respuesta. Eso quedó demostrado de sobra durante la pandemia.

De hecho, casi todas las empresas han visto cómo líderes que parecían tener un enorme potencial en la prepandemia, ya no son evaluados tan así. Y, al revés, personas que no estaban en el equipo de los “high potential” mostraron tener capacidades muy altas de adaptación, optimismo y empatía para enfrentar situaciones realmente novedosas, casi inéditas.

Y es que muchas de estas competencias de las que se habla son constructos muy complejos, que aún están siendo estudiados y cuyo desarrollo y medición está bajo análisis. El ejemplo de la resiliencia es muy claro. Según la definición de Michael Rutter, la resiliencia es un conjunto de procesos sociales e intrapsíquicos que posibilitan tener una vida sana viviendo en un medio insano. Estos procesos tienen lugar a través del tiempo, en la interacción de la persona con su ambiente (familiar, social, laboral y cultural). Por eso, la resiliencia no puede ser pensada como un atributo que las personas tienen o no tienen; se trata de un proceso interactivo entre las características personales y de rasgo y el apoyo social comunitario organizacional que se recibe.

Algo similar sucede con la empatía: ¿cómo medir el nivel de empatía de una persona? Este es un concepto compuesto de dimensiones cognitivas, afectivas y conductuales y, si bien hay evidencia de su relación con la conducta prosocial y la eficacia en el lugar de trabajo, aún no hay un consenso claro sobre qué es, cómo se mide y cómo la investigación puede contribuir significativamente a un mejor comportamiento organizacional.

El universo de las competencias emocionales y sociales es, sin dudas, un tema de enorme importancia para las organizaciones. Por eso es primordial que no se simplifique ni se convierta en algo que, una vez pasada la moda, se deje de lado. Requiere que se lo estudie y aplique con seriedad y consistencia, con proyectos de largo plazo que promuevan el entrenamiento emocional en todos los niveles jerárquicos, que sea visto en términos de proceso y que sea llevado a cabo por profesionales capacitados. Ojalá en el futuro la empatía y otras competencias socio emocionales contribuyan a que haya cada vez más líderes conscientes, humanos y con propósito de impacto social.

Adela Sáenz Cavia


Nobel de Economía 2021 para David Card

la inversión en educación influye en el éxito laboral de los estudiantes

https://larepublica.pe/economia/2021/10/11/david-card-nobel-de-economia-2021-demuestra-que-subir-el-sueldo-minimo-no-reduce-el-empleo/

Desde la década del 1990, ha prevalecido la idea de que un salario mínimo alto conduce a una menor tasa de empleo porque aumentan los costos salariales para las empresas. Foto: difusión

Este lunes se anunció a los ganadores del premio Nobel de Economía 2021. El reconocido premio año fue otorgado a tres economistas: el canadiense David Card, el neerlandés Guido Imbens y el estadounidense Joshua Angrist.

La Real Academia Sueca de Ciencias anunció que el premio de 10 millones de coronas suecas (casi un millón de euros) les fue otorgado a los tres economistas por haber “revolucionado la investigación empírica en las ciencias económicas”.

El premio Novel de Economía, establecido desde 1969, tendrá que ser compartido entre los tres ganadores gracias a sus contribuciones a la economía laboral y el análisis de las relaciones causales.

Sobre los descubrimientos

El economista canadiense David Card recibirá la mitad del dinero por analizar los efectos del salario mínimo, la inmigración y la educación en el mercado laboral. Sus estudios mostraron que, por ejemplo, al aumentar el salario mínimo no necesariamente conduce a menos puestos de trabajo.

Estos resultados representan una “mejor comprensión de cómo funciona el mercado laboral que hace 30 años”, según el jurado de la Academia.

Desde la década del 1990, ha prevalecido la idea de que un salario mínimo alto conduce a una menor tasa de empleo porque aumentan los costos salariales para las empresas. Sin embargo, David Card y su fallecido colega Alan Krueger llegaron a la conclusión de que los efectos negativos de este incremento son residuales.

Los estudios de Card han contribuido también en el campo de la educación y su impacto en el éxito futuro de los estudiantes en el mercado laboral. Sus resultados cuestionaron nuevamente el saber popular: según investigaciones anteriores, la relación entre el aumento de recursos y el rendimiento escolar, así como las oportunidades laborales, era débil.

Por el contrario a lo que se creía, los estudios de Card revelaron que aquellos trabajos no consideraban una asignación compensatoria de recursos. Los estudio del economista canadiense sí consideraron este posible impacto de los medios en el futuro éxito de los estudiantes para conseguir empleo.

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David Card, y su fallecido compañero, compararon el nivel educativo de las personas que una misma ciudad pero que crecieron en diferentes estados dentro de EE.UU. La finalidad fue la de comparar su formación en la infancia y adolescencia para observar la inversión que hacía en cada lugar.

Los resultados de sus estudios fueron reveladores ya que encontraron que hasta los rendimientos de los estudiantes aumentan con la densidad de maestros. Estos hallazgos han inspirado nuevos estudios en la actualidad. “Existe un apoyo empírico relativamente sólido para demostrar que las inversiones en educación influyen en el éxito posterior de los estudiantes, sobre todo para aquellos de entornos desfavorecidos”.

El premio también les fue otorgado al estadounidense Joshua Angrist y el neerlandés-estadounidense Guido Imbens “por sus aportes metodológicos al análisis de las relaciones causales”.

Los economistas pudieron demostrar cómo se pueden extraer conclusiones causa efecto a partir de experimentos naturales o situaciones que surgen en la vida real.

Su metodología ha sido utilizada por otros investigadores que trabajan con datos de la observación y para experimentos aleatorios en los que no se tiene un total control sobre quién participa en la intervención.

Una particularidad de los tres ganadores del Nobel de Economía es que todos trabajan en universidades estadounidenses: Card en Berkeley, Angrist en el Instituto Tecnológico Massachusetts e Imbens en Standford. Además, dos de ellos poseen pasaporte de EE.UU.

La edición de este año cierra con la ausencia de mujeres. Cabe resaltar que solo la periodista filipina Maria Ressa ha conseguido estar en la lista de galardonados por su trabajo en la libertad de prensa y sus denuncias del abuso de poder en Filipinas.

B


Siete claves para la innovación educativa

Muchos de los cambios que necesitan nuestros sistemas educativos no implican el uso de grandes tecnologías

DRAGOS GONTARIU (UNSPLASH)

https://elpais.com/elpais/2020/07/31/planeta_futuro/1596204508_015285.html?ssm

Semanas atrás, una docente me comentó que no podía realizar ninguna innovación en su aula porque no contaba con tecnología. Esto me dejó pensando en cómo muchos discursos sobre educación parecen estar equiparando tecnología e innovación educativa, y planteando la tecnología como la panacea para los grandes cambios educativos que demandan las sociedades actuales.MÁS INFORMACIÓNEl profe Lalito y su triciclo escuela en tiempos de coronavirusWhatsapp, tele y radio: los más usados para educar durante la pandemia¿Qué se necesita para innovar en educación?Directores: la llave hacia el éxito educativo en la pandemia

Sin embargo, ni el uso de la tecnología supone necesariamente una innovación ni toda innovación en educación requiere de ella. Tampoco el uso de la tecnología por sí mismo se traduce en mejora de los aprendizajes. Ejemplo de ello es cuando un dispositivo móvil se utiliza del mismo modo que tradicionalmente se ha utilizado el pizarrón y la tiza. No nos podemos olvidar de que somos los seres humanos quienes interactuamos con la tecnología, y a través de ella, quienes decidimos su uso y utilidad.

Me atrevo a afirmar que muchos de los cambios que necesitan nuestros sistemas educativos no implican el uso de grandes tecnologías sino, más bien, transformaciones sustanciales en las formas de gestión y en las dinámicas de relaciones sobre las que se fundamentan los procesos de enseñanza-aprendizaje. Entonces, ¿qué entendemos por innovación en educación? ¿para qué sirve la innovación educativa?

Innovación es un proceso permanente, original e intencional de búsqueda de mejora de la calidad educativa y de los aprendizajes de los y las estudiantes. Innovar en educación implica tener objetivos claros sobre qué queremos enseñar, cómo queremos enseñarlo y para qué, y luego ponderar los cambios que necesitamos realizar para lograr dichas metas. Innovar en educación es, ante todo, mejorar sustancialmente la calidad de vida de las personas desde el desarrollo pleno de sus capacidades. Como señala Francesc Pedró, director del Instituto Internacional de la Unesco para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (IESALC): “Es innovación si añade valor al aprendizaje”.

Me pregunto: ¿cómo innovar en el aula? ¿cómo hacer innovación educativa? ¿cómo promoverla e implementarla? Desde mi experiencia como especialista de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación la Ciencia y la Cultura (OEI), como docente y como investigadora, identifico siete claves fundamentales:

1. La calidad del profesorado es crucial para la innovación educativa. Se requiere de docentes con sensibilidad, compromiso, constancia, creatividad, empatía y capacidad para motivar y emocionar a sus estudiantes. Docentes con apertura, autocrítica y flexibilidad para permanentemente reinventarse y transformar sus prácticas de enseñanza acorde a las necesidades específicas de cada grupo de estudiantes. Asimismo, docentes en procesos de autoformación y reflexión sobre su accionar, para lo cual necesitan disponer de horas para el estudio y la investigación.

2. La innovación es posible y se hace sostenible si ocurren cambios en la gestión escolar. Se necesita de un liderazgo pedagógico que sea inclusivo, distribuido y no adultocéntrico, capaz de generar y mantener una cultura de innovación en el centro educativo. Un entorno colaborativo es fundamental para la innovación educativa.Se requiere de docentes con sensibilidad, compromiso, constancia, creatividad, empatía y capacidad para motivar y emocionar a sus estudiantes

3. En palabras de Mariano Jabonero, Secretario General de la OEI, la innovación es el recurso indispensable para mejorar de forma efectiva la educación y la misma surge de la revisión crítica del interior de la propia escuela. Innovar implica una transformación radical del modelo educativo. Es necesario desaprender el modelo centrado en la información, la memorización y la verticalidad, y construir modelos centrados en metodologías activas, el aprender a aprender, la autorregulación del aprendizaje y el trabajo colaborativo y cooperativo. Recordemos que la construcción del conocimiento es posible mediante el diálogo y la exploración activa. O como decía Paulo Freire, influyente educador de nuestra época, en la “búsqueda inquieta”.

4. La diversidad es otro pilar fundamental para la innovación y una oportunidad para los aprendizajes. “Los grupos diversos son más creativos y capaces de innovar”, ha afirmado Mara Dierssen, neurobióloga e investigadora de Barcelona. Considero que la innovación educativa va siempre de la mano con la atención a la diversidad, la personalización del aprendizaje y la inclusión. El diálogo y el encuentro entre lo diferente encierran una gran fuerza transformadora para la educación. Junto a esto, se necesita también que las aulas sean espacios libres de estereotipos y prejuicios a fin de no etiquetar al estudiantado ni condicionar sus proyectos de vida.

5. En una época donde se valora lo rápido e inmediato, es necesario reivindicar la lentitud como necesidad pedagógica. Todo proceso de aprendizaje requiere tiempo a fin de que sea significativo, profundo y perdurable. La pedagogía de la lentitud reclama la necesidad de dedicar el tiempo justo a cada actividad educativa y de respetar (e incluso potenciar) los diversos ritmos de aprendizaje. Para esto, y siguiendo los planteamientos del experto educativo Joan Domènech, se necesita que en las aulas exista tiempo para la reflexión, para la distracción, para el error, para observar; tiempo para realizar aprendizajes en profundidad, llegar a comprender procesos y aprender a aplicarlos a situaciones nuevas.

6. Innovar es construir ciudadanía. Formar como vía para obtener mejores empleos, desarrollar emprendimientos y, así, mejorar la calidad de vida individual, es importante. Pero la clave de la educación es la formación de ciudadanas y ciudadanos con capacidad de relacionarse desde la valoración mutua y el de respeto a los derechos humanos. Formar seres humanos con inteligencia socioemocional y empatía por su entorno. No se trata solo de preparar a los y las alumnas para los trabajos del futuro, sino —y sobre todo— de formarles para que puedan construir la sociedad en la que desean vivir. Un clima escolar positivo y una convivencia armónica son también imprescindibles para la innovación educativa.

7. Finalmente, la más eficaz innovación educativa es la que inicia ahora y se asume como una práctica sostenida en el tiempo, con el foco siempre puesto en mejorar los aprendizajes de nuestro estudiantado y en formar una ciudadanía crítica y solidaria. Porque solo es posible innovar innovando.

Berenice Pacheco-Salazar es doctora en Educación. Coordinadora de Generación del Conocimiento, Innovación y Derechos Humanos en la oficina de República Dominicana de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).


La función de los pobres | por Zygmunt Bauman

 LA FUNCIÓN DE LOS POBRES | POR ZYGMUNT BAUMAN

La función de los pobres | por Zygmunt Bauman

Imagen: fotograma de la película “Tiempos Modernos” de Charles Chaplin

https://www.bloghemia.com/2021/10/la-funcion-de-los-pobres-por-zygmunt.html?fbclid=IwAR0JZBIA0G0Tdihs3PYreqcZlmCbN19Oxow5lF82fYC0_NR__Io-d0TVxCY

“La opinión compartida era que, puesto que los pobres se arreglaban con poco y se negaban a esforzarse para conseguir más, los salarios debían mantenerse en un nivel de subsistencia mínima; sólo así, cuando tuvieran empleo, los pobres se verían igualmente obligados a vivir al día y a estar siempre ocupados para poder sobrevivir.”- Zygmunt Bauman

 Texto del sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico Zygmunt Bauman, publicado por primera vez en su libro ” Work, consumerism and the new poor.” 

Por: Zygmunt Bauman
Hasta ahora, toda sociedad conocida ha tenido pobres. Y —permítaseme repetirlo — no es cosa de extrañarse: la imposición de cualquier modelo de orden es un acto discriminatorio y descalificador, que condena a ciertos fragmentos de la sociedad a la condición de inadaptados o disfuncionales, ya que elevar un modo de ser cualquiera al estatus de norma implica, al mismo tiempo, que otras formas quedan, automáticamente, por debajo del nivel adecuado y pasan a ser «anormales». Los pobres, desde siempre, fueron y son el paradigma y prototipo de todo lo «inadaptado» y «anormal».
Cada sociedad adoptó y adopta, hacia sus pobres, una actitud ambivalente que le es característica: una mezcla incómoda de temor y repulsión, por un lado; y misericordia y compasión, por el otro. Todos estos ingredientes resultan igualmente indispensables. Los primeros permiten tratar a los pobres con la dureza necesaria para garantizar la defensa del orden; los segundos destacan el lamentable destino de quienes caen por debajo del estándar establecido, y sirven para empalidecer o hacer parecer insignificantes las penurias padecidas por quienes se esfuerzan en cumplir con las normas. De este modo, oblicuo e indirecto, se les encontró siempre a los pobres, a pesar de todo, una función útil en la defensa y la reproducción del orden social y en el esfuerzo por preservar la obediencia de la norma.
Sin embargo, de acuerdo con el modelo de orden y de norma que tuviera, cada sociedad moldeó a sus pobres a su propia imagen, explicó su presencia de forma diferente y les dio una diferente función, adoptando estrategias distintas frente al problema de la pobreza.
La Europa premoderna estuvo más cerca que su sucesora en el intento de hallar una función importante para sus pobres. Estos, al igual que todas las personas y las cosas en la Europa cristiana premoderna, eran hijos de Dios y constituían un eslabón indispensable en la «divina cadena del ser»; como parte de la creación divina —y como el resto del mundo antes de su desacralización por la moderna sociedad racionalista— estaban saturados de significado y propósito divinos. Sufrían, es cierto; pero su dolor encarnaba el arrepentimiento colectivo por el pecado original y garantizaba su redención. Quedaba en manos de los más afortunados la tarea de socorrer y aliviar a quienes sufrían y, de este modo, practicar la caridad y obtener — ellos también— su parte de salvación. La presencia de los pobres era, por lo tanto, un regalo de Dios para todos los demás: una oportunidad para practicar el sacrificio, para vivir una vida virtuosa, arrepentirse de los pecados y ganar la bendición celestial. Se podría decir que una sociedad que buscara el sentido de la vida en la vida después de la muerte habría necesitado, de no contar con los pobres, inventar otro camino para la salvación personal de los más acomodados.
Así eran las cosas en el mundo premoderno, «desencantado», donde nada de lo existente gozaba el derecho de ser por el solo hecho de estar allí, y donde todo lo que era debía demostrar su derecho a la existencia con pruebas legítimas y razonables. Más importante resulta que, a diferencia de aquella Europa premoderna, el nuevo mundo feliz de la modernidad fijó sus propias reglas y no dio nada por sentado, sometiendo todo lo existente al análisis incisivo de la razón, sin reconocer límites a su propia autoridad y, sobre todo, rechazando «el poder de los muertos sobre los vivos», la autoridad de la tradición, de la sabiduría tradicional y las costumbres heredadas. Los proyectos de orden y de norma reemplazaron la visión de una cadena divina del ser. A diferencia de aquella visión, el orden y la norma fueron creaciones humanas, proyectos que debían ser implementados mediante la acción humana: cosas por hacer, no realidades creadas por Dios que deben ser acatadas. Si la realidad heredada ya no se adecuaba al orden proyectado por los nuevos hombres, mucho peor para aquella realidad.
Así fue como la presencia de los pobres se transformó en un problema (un «problema» es algo que causa incomodidad y provoca la necesidad de ser resuelto, remediado o eliminado). Los pobres representaron, desde entonces, una amenaza y un obstáculo para el orden; además, desafiaron la norma.
Y fueron doblemente peligrosos: si su pobreza ya no era una decisión de la Providencia, ya no tenían razones para aceptarla con humildad y gratitud. Por el contrario, encontraron todo tipo de razones para quejarse y rebelarse contra los más afortunados, a los cuales empezaron a culpar por sus privaciones. La antigua ética de la caridad cristiana pareció ya una carga intolerable, una sangría para la riqueza de la nación. El deber de compartir la buena suerte propia con quienes no lograban los favores de la fortuna había sido, en otro tiempo, una sensata inversión para la vida después de la muerte, pero ya «no resistía el menor razonamiento»; sobre todo, el razonamiento de una vida de negocios, aquí y ahora, bien sobre la tierra.
Se agregó, muy pronto, una nueva amenaza: los pobres que aceptaban mansamente su desgracia como decisión divina y no hacían esfuerzo alguno por liberarse de la miseria eran también inmunes a las tentaciones del trabajo en las fábricas y se rehusaban a vender su mano de obra una vez satisfechas las escasas necesidades que consideraban, por costumbre milenaria, «naturales». La permanente escasez de fuerza de trabajo fue obsesión durante las primeras décadas de la sociedad industrial. Los pobres, incomprensiblemente satisfechos y resignados a su suerte, fueron la pesadilla de los nuevos empresarios industriales: inmunes al incentivo de un salario regular, no encontraban razón para seguir sufriendo largas horas de trabajo una vez conseguido el pan necesario para pasar el día. Se formó un círculo vicioso: los pobres que objetaban su miseria generaban rebelión o revolución; los pobres resignados a su suerte frenaban el progreso de la empresa industrial. Forzarlos al trabajo interminable en los talleres parecía una forma milagrosa de romper el círculo.
Así, los pobres de la era industrial quedaron redefínidos como el ejército de reserva de las fábricas. El empleo regular, el que ya no dejaba lugar para la malicia, pasó a ser la norma; y la pobreza quedó identificada con el desempleo, fue una violación a la norma, una forma de vida al margen de la normalidad. En tales circunstancias, la receta para curar la pobreza y cortar de raíz las amenazas a la prosperidad fue inducir a los pobres —obligarlos, en caso necesario— a aceptar su destino de obreros. El medio más obvio para conseguirlo fue, desde luego, privarlos de cualquier otra fuente de sustento: o aceptaban las condiciones ofrecidas, sin fijarse en lo repulsivas que fueran, o renunciaba a toda ayuda por parte de los demás. En esa situación «sin alternativa», la prédica del deber ético habría sido superflua; la necesidad de llevar a los pobres a la fábrica no necesitaba de impulsos morales. Y, sin embargo, la ética del trabajo siguió siendo considerada casi universalmente como el remedio eficaz e indispensable frente a la triple amenaza de la pobreza, la escasez de mano de obra y la revolución. Se esperaba que actuara como cobertura para ocultar la falta de sabor de la torta ofrecida. La elevación de la pesada rutina del trabajo a la noble categoría de deber moral tendría que endulzar los ánimos de quienes quedaran sometidos a ella, al mismo tiempo que calmar la conciencia moral de quienes los sometían. La opción por la ética del trabajo se vio notablemente facilitada —y hasta llegó a resultar natural— por el hecho de que las clases medias de la época ya se habían convertido a ella y juzgaban su propia vida a la luz de esa ética.
La opinión ilustrada del momento se encontraba dividida. Pero, en lo que se refería a la ética del trabajo, no había desacuerdo entre quienes veían a los pobres como bestias salvajes y obstinadas que era preciso domar, y aquellos cuyo pensamiento se guiaba por la ética, la conciencia y la compasión. Por un lado, John Locke concibió un programa integral para erradicar la «pereza» y el «libertinaje» a que los pobres se entregaban, recluyendo a sus hijos en escuelas para indigentes que los formaran en el trabajo regular y a los padres en asilos para pobres cuya severa disciplina, un sustento mínimo, el trabajo forzado y los castigos corporales fueran la regla. Por el otro, Josiah Child, que lamentaba el destino «triste, desgraciado, impotente, inútil y plagado de enfermedades» de los pobres, entendía —tanto como Locke— que «poner a trabajar a los pobres» era «un deber del hombre hacia Dios y la Naturaleza ».
En un sentido indirecto, la concepción del trabajo como «deber del hombre hacia Dios» venía a bendecir la perpetuación de la pobreza. La opinión compartida era que, puesto que los pobres se arreglaban con poco y se negaban a esforzarse para conseguir más, los salarios debían mantenerse en un nivel de subsistencia mínima; sólo así, cuando tuvieran empleo, los pobres se verían igualmente obligados a vivir al día y a estar siempre ocupados para poder sobrevivir. Como dice Arthur Young, «todos, salvo los idiotas, saben que se debe mantener pobres a las clases bajas; si no, jamás trabajarán». Los expertos economistas de la época se apresuraron a calcular que, cuando los salarios son bajos, «los pobres trabajan más y realmente viven mejor» que si reciben salarios más altos, puesto que entonces se entregan al ocio y los disturbios.
Jeremy Bentham, el gran reformador que resumió la sabiduría de los tiempos modernos mejor que cualquier otro pensador de su tiempo (su proyecto fue elogiado en forma casi unánime por la opinión ilustrada como «eminentemente racional y luminoso»), avanzó un paso más. Concluyó que los incentivos económicos de cualquier tipo no eran fiables para obtener los efectos deseados; la coacción pura, en cambio, resultaría más efectiva que cualquier apelación a la inteligencia —por cierto inconstante y hasta inexistente— de los pobres. Propuso la construcción de 500 hogares, cada uno de los cuales albergaría a dos mil de los pobres que representaran «una carga más pesada» para la sociedad, manteniéndolos allí bajo la vigilancia constante y la autoridad absoluta e indiscutida de un alcaide: Según este esquema, «los despojos, la escoria de la humanidad», los adultos y los niños sin medios de sustento, los mendigos, las madres solteras, los aprendices rebeldes y otras gentes de su calaña debían ser detenidos y llevados por la fuerza a esos hogares de trabajo forzado administrados en forma privada, donde «la escoria se transformaría en metal de buena ley». A sus escasos críticos liberales, Bentham respondió airado: «Se objeta la violación de la libertad; se pide, en cambio, la libertad de actuar contra la sociedad». Entendía que los pobres, por el solo hecho de serlo, habían demostrado no tener más capacidad para ejercer su libertad que los niños revoltosos. No estaban en condiciones de dirigir su propia vida; había que hacerlo por ellos.
Corrió mucha agua bajo los puentes desde que gente como Locke, Young o Bentham, con el ardor desafiante de quienes exploran tierras nuevas y vírgenes, proclamaran esas ideas que, con el tiempo, se afirmarían como una opinión moderna y universalmente aceptada sobre los pobres. Sin embargo, pocos se atreverían a sostener hoy esos principios con arrogancia y franqueza similares; si lo hicieran, sólo provocarían indignación. Pero buena parte de esa filosofía ha vuelto a ser, en gran medida, la base de políticas oficiales frente a quienes, por una u otra razón, no son capaces de llegar a fin de mes y de ganarse la vida sin ayuda pública. Hoy resuena el eco de aquellos pensadores en cada campaña contra los «parásitos», los «tramposos» o los «dependientes de subsidios de desempleo», y en cada advertencia, repetida una y otra vez, de que pedir aumentos salariales es poner en riesgo «la fuente de trabajo». Donde el impacto de aquella filosofía vuelve a sentirse con mayor fuerza es en la reiterada afirmación —a pesar de las irrefutables pruebas en su contra— de que negarse a «trabajar para vivir» es hoy, como lo fue antes, la causa principal de la pobreza, y que el único remedio contra ella es reinsertar a los desocupados en el mercado laboral. En el folclore de las políticas oficiales, sólo como una mercancía podría la fuerza de trabajo reclamar su derecho a medios de supervivencia que están igualmente mercantilizados.
Se crea, de este modo, la sensación de que los pobres conservan la misma función que tuvieron en los primeros tiempos de la era industrial: la de reserva de mano de obra. Al reconocerles este papel, se echa un manto de sospecha sobre la honestidad de quienes quedan fuera del «servicio activo», y se señala claramente la forma de «llamarlos al orden» y restaurar, así, el orden de las cosas, roto por quienes eluden el trabajo. Pero, en nuestros días, la filosofía que intentó capturar y articular las realidades emergentes de la era industrial ya dejó de funcionar, anulada por las nuevas realidades de estos tiempos. Después de haber servido alguna vez como eficaz agente para instaurar el orden, aquella filosofía se convirtió lenta pero inexorablemente en una espesa cortina que oscurece todo lo nuevo e imprevisible que aparece en los actuales padecimientos de los pobres. La ética del trabajo, que los reduce al papel de ejército de reserva de mano de obra, nació como una revelación; pero vive este último período como un verdadero encubrimiento.
En el pasado tenía sentido —tanto en lo político como en lo económico— educar a los pobres para convertirlos en los obreros del mañana. Esa educación para la vida productiva lubricaba los engranajes de una economía basada en la industria y cumplía la función de «integrarlos socialmente», es decir, de mantenerlos dentro del orden y la norma. Esto ha dejado de ser cierto en nuestra sociedad «posmoderna» y, ante todo, de consumo. La economía actual no necesita una fuerza laboral masiva: aprendió lo suficiente como para aumentar no sólo su rentablilidad sino también el volumen de su producción, reduciendo al mismo tiempo la mano de obra y los costos. Al mismo tiempo, la obediencia a la norma y la «disciplina social» queda asegurada por la seducción de los bienes de consumo más que por la coerción del Estado y las instituciones panópticas. Tanto en lo económico como en lo político, la comunidad de los consumidores posmodernos vive y prospera sin que el grueso de sus miembros esté obligado a cargar con la cruz de pesadas jornadas industriales. En la práctica, los pobres dejaron de ser su ejército de reserva, y las invocaciones a la ética del trabajo suenan cada vez más huecas y alejadas de la realidad.
Los integrantes de la sociedad contemporánea son, ante todo, consumidores; sólo de forma parcial y secundaria son también productores. Para ajustarse a la norma social, para ser un miembro consumado de la sociedad, es preciso responder con velocidad y sabiduría a las tentaciones del mercado de consumo: es necesario contribuir a la «demanda que agotará la oferta» y, en épocas de crisis económicas, ser parte de la «reactivación impulsada por el consumidor». Los pobres que carecen de un ingreso aceptable, que no tienen tarjetas de crédito ni la perspectiva de mejorar su situación, quedan al margen. En consecuencia, la norma que violan los pobres de hoy, la norma cuyo quebrantamiento los hace «anormales», es la que obliga a estar capacitado para consumir, no la que impone tener un empleo. En la actualidad, los pobres son ante todo «no consumidores», ya no «desempleados». Se los define, en primer lugar, como consumidores expulsados del mercado, puesto que el deber social más importante que no cumplen es el de ser compradores activos y eficaces de los bienes y servicios que el mercado les ofrece. Indudablemente, en el libro de balances de la sociedad de consumo, los pobres son parte del pasivo; en modo alguno podrían ser registrados en la columna de los activos presentes o futuros.
De ahí que, por primera vez en la historia, los pobres resultan, lisa y llanamente, una preocupación y una molestia. Carecen de méritos capaces de aliviar —menos aún, de contrarrestar— su defecto esencial. No tienen nada que ofrecer a cambio del desembolso realizado por los contribuyentes. Son una mala inversión, que muy probablemente jamás será devuelta, ni dará ganancias; un agujero negro que absorbe todo lo que se le acerque y no devuelve nada a cambio, salvo, quizás, problemas. Los miembros normales y honorables de la sociedad —los consumidores— no quieren ni esperan nada de ellos. Son totalmente inútiles. Nadie —nadie que realmente importe, que pueda hablar y hacerse oír— los necesita. Para ellos, tolerancia cero. La sociedad estaría mucho mejor si los pobres desaparecieran de la escena. ¡El mundo sería tan agradable sin ellos! No necesitamos a los pobres; por eso, no los queremos. Se los puede abandonar a su destino sin el menor remordimiento.

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