Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

RESILIENCIA: EL PELIGRO DE VOLVER HUECO ALGO EXTRAORDINARIO

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Cuando uno se mira fijamente en el espejo durante un rato largo, acaba viendo su rostro desfigurado. Con las palabras pasa lo mismo, de tanto repetirlas pierden su significado. Ocurre sobre todo con los vocablos de moda y, de entre todos, el que se lleva la palma en estos últimos años es el de “resiliencia”. Un palabra bonita desgastada por su prosaica popularidad.

A finales de 2015, el New York Times Magazine publicó este artículo titulado “El profundo vacío de la resiliencia”. En el texto se señala que la palabra se utiliza ahora en todas partes, a menudo en formas que la drenan de significado y la vinculan a conceptos difusos o triviales. “La resiliencia no tiene que ser un concepto vacío o vago. Décadas de estudio han revelado mucho acerca de cómo funciona. La resiliencia es, en última instancia, un conjunto de habilidades que pueden ser enseñadas. En estos últimos años, hemos utilizado el término de manera descuidada, pero nuestro mal uso no significa que no se haya definido de manera útil y precisa”. Quizá la forma de enmenderlo sea empezar por entender su verdadero significado.

La Real Academia acepto en 2010 el término resiliencia como “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Ser resiliente es poseer esa extraordinaria capacidad de salir adelante a pesar de todo lo malo que te pueda ocurrir; tener el poder de sobrellevar un golpe terrible de la vida e incluso, tras superarlo, convertirte en alguien aún más fuerte. Esta característica la poseen algunos seres humanos, esos que contra todo pronóstico logran recuperarse y romper el destino que parecía escrito para ellos.

La parte buena es que no se nace resiliente, sino que puede aprenderse y desarrollarse. La mala, que la moda y la obsesión pueden acabar banalizando y desvirtuando esa capacidad noble y valiente hasta convertirla en algo tan melifluo y pueril como el peor libro de autoayuda.

La primera vez que se usó este término fue en 1981, cuando la psicóloga Emmy Werner publicó los resultados de un proyecto que había durado 32 años en Hawaï. Durante más de tres décadas, los expertos siguieron a un grupo de 698 niños de barrios marginales, desde antes del nacimiento hasta que cumplieron 30 años. La conclusión de esa investigación fue que dos terceras partes de esos menores cayeron en las drogas y en la delincuencia. Sin embargo, observaron con sorpresa que una tercera parte de ellos no acabó así, que algunos de esos niños a priori condenados a tener problemas en el futuro conseguían llevar una vida exitosa. Los expertos entendieron que poseían una serie de características que les hacían más fuertes ante las circunstancias adversas. Y llamaron resiliencia a ese asombroso poder de resistencia y recuperación.

Con el tiempo, el término evolucionó en el campo de la psicología y abarcó no sólo la capacidad de sobreponerse tras situaciones dramáticas, sino incluso salir fortalecidos de ellas.  Hay personas a las que la resiliencia les viene de familia, que han aprendido esa fortaleza de forma natural de gente cercana que la posee. Otras, han conseguido serlo por sí mismas, conscientemente, yendo a terapia. También se sabe que las escuelas y las políticas sociales juegan un papel fundamental para que suba la probabilidad de que surjan resilientes en una comunidad.

Aunque quizá la parte más importante es comprender que uno no puede saber a ciencia cierta si posee esta cualidad, este poder de resistencia vital extraordinario, hasta que no ha pasado por un hecho muy grave y traumático. La moda de los libros que aseguran ayudarte a desarrollar esa capacidad, la obsesión por criar niños resilientes o que la resiliencia se convierta incluso en asunto de Estado (como señala el artículo de el New York Times Magazine) son cuestiones baladíes que sólo ayudan a trivializar una característica noble y valiente del ser humano, a volver hueca la bonita palabra que es resiliencia. 

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