Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

ejemplos de resiliencia también en las olimpiadas

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Su madre, alcohólica y drogadicta, no pudo hacerse cargo de ella. Sus abuelos la adoptaron y, al poco tiempo, la pequeña hiperactiva se cruzó con el deporte. Ya nada volvió a ser igual

 

Los Juegos Olímpicos traen consigo cada cuatro años un sinfín de historias humanas que nos empujan sin remedio a plantearnos si la existencia de los superhéroes es sólo un invento de los cómics. Rascar bajo el uniforme de los deportistas revela a menudo increíbles caminos que sirven de atenuante a la emoción que de por sí implica la competición más importante. El caso de Simone Biles, la reina de la gimnasia, se enmarca en ese manido término de las ‘historias de superación’ y, sin embargo, tiene poco de habitual.

Su rotación en las series clasificatorias de gimnasia artística de este domingo la han expuesto a los ojos y la admiración de todo el planeta, pero quienes la conocen no se frotan los ojos sorprendidos: quién, si no ella, iba a conseguir esto. Su vida ha estado plagada de contratiempos que, entre saltos y acrobacias, ha ido reduciendo a la nada, quedándose para sí, a modo de fortaleza, la rocosa seguridad que luce en su permanente sonrisa.

Nació hace 19 años en Columbus, Ohio, con una carta de presentación que no auguraba el mejor de los futuros. Su madre, adicta al alcohol y las drogas, tenía otras prioridades. Incapaz de hacerse cargo de Simone y su hermana menor, Adria, ambas terminaron en una casa de acogida, como tantos otros niños concebidos bajo el halo de la irresponsabilidad parental. Una llamada de los servicios sociales a los abuelos maternos comenzó a cambiarlo todo.

“Tráelas aquí”. Ron Biles, controlador aéreo ya jubilado, yNellie, su segunda esposa y por aquel entonces propietaria de una empresa de auxiliares de enfermería, se pusieron el traje de instinto paternal y abrieron su casa para sus nietas. Dos años después y al ser, por motivos obvios, la madre despojada de sus derechos por incapacidad, las adoptaron legalmente. Al principio, la idea de Ron era firmar los papeles únicamente por Adria, pero su mujer entendió que no había motivo para separar a las hermanas. Y así, junto a los dos hijos de la pareja, ambas crecieron en el seno de una familia estructurada, alejadas de la mala vida en la que les había tocado nacer.

Una niña diferente a las demás

Simone era inquieta, incapaz de permanecer sentada viendo la televisión obnubilada ante los dibujos como cualquier niño de su edad. Movía los muebles y se dedicaba a dar volteretas por su pequeño hogar de Spring, Texas: era hiperactiva.

Por este motivo, Ron y Nellie buscaban actividades para tratar de saciar su continua necesidad de hacer cosas. Cuando Simone tenía seis años, una excursión la colocó en el lugar adecuado en el momento justo: un centro deportivo especializado en gimnasia artística. Y, lo demás, es pura historia del deporte.

Su actitud desde esa primera toma de contacto cambió para siempre. Comenzó a entrenar derrochando talento innato como si, de existir la reencarnación, se hubiera pasado todas sus vidas haciendo lo mismo.

Su actual entrenadora, Aimee Boorman, se cruzó en el camino cuando Simone apenas tenía ocho años y, a día de hoy, siguen siendo inseparables. La progresión de la gimnasta rompió cualquier expectativa por alta que fuese, y en 2012, coincidiendo con su cambio del instituto a estudiar en casa ampliando así el tiempo de entrenamiento, reventó definitivamente todas las berreras. Sólo un año después ya era campeona del mundo.

El principio de la leyenda

Su llegada al equipo nacional descolocó a su coordinadora,Martha Karolyi, quien no entendía por qué Biles, en lugar de mostrarse seria, desafiante y hierática, se presentaba en los minutos previos a competir con una sonrisa permanente y una relajación impropias de quien está a punto de someter su cuerpo a la máxima presión.

“Creo que enseño a mis compañeras que puedes pasarlo bien y disfrutar del momento, en lugar de ser una roca fría. Puedes pasarlo bien y hacerlo bien”. Declaración de intenciones.

No es extraño encontrarla ante las cámaras en momentos de máxima tensión competitiva regalando gestos y bromas al objetivo. Su actitud festiva, su deseo de disfrutar, su afán por superar para siempre la losa de su nacimiento y disfrutar de su segunda oportunidad no está reñida en absoluto con su perfecto rendimiento deportivo. Y eso es precisamente lo que vimos este domingo en Río. Todos y cada uno de sus ejercicios en la ronda de clasificación hicieron al público llevarse las manos a la cabeza. Una simple búsqueda en Twittter arroja infinidad de resultados de espectadores preguntándose si realmente es humana.

¿Es Simone de este mundo? Sí, lo es. Pero su poco habitual comportamiento, desinhibido y alegre, unido a la casi perfección de sus movimientos la convierten en un ser especial. En salto, barra y suelo es la máxima favorita, tras pintar el asombro absoluto en el rostro de jueces, espectadores y rivales. Su nombre aparece a menudo ligado al de la leyenda Nadia Comaneci, y no es descabellado pensar que Biles iguale -y supere- el espectacular palmarés de cinco oros olímpicos de la gimnasta rumana.

Con la carta de presentacion de diez -¡diez!- medallas de oro en los campeonatos del mundo entre 2013 y 2015, presenta candidatura a lo más alto del podio olímpico. Será este martes. No pierdan la ocasión de deleitarse con la niña que nació para cambiar la historia.

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