Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

El fundador del movimiento Maker explica el éxito del ‘hazlo tú mismo’

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No hay nada mejor que meter las manos en el barro. Amasarlo. Hacer una bola para después arrancar un pedazo y aplastarlo hasta convertirlo en una lámina fina. Volver a juntarlo todo. Y amasar de nuevo. Imaginar, al fin, una figura. Y hacerla. Plasmar esa imagen en el mundo. El resultado puede ser una pieza digna de convertirse en porcelana o un amorfo puñado de arcilla. Poco importa, porque lo esencial está en el hacer. Hay algo atávico en transformar la materia con nuestras manos, en construir cosas. Los niños -con esa intuición que parece un recuerdo- lo saben y lo disfrutan. Dale Dogherty, creador e impulsor del movimiento Maker, lo explicaba en una conferencia TED: “Todos somos hacedores. Nacimos hacedores. Tenemos esta habilidad de hacer cosas, de agarrar las cosas con nuestras manos. No sólo vivimos, sino que hacemos; creamos cosas”.

El movimiento Maker, nacido en la costa Oeste de los Estados Unidos hace poco más de una década, se ha expandido a una velocidad asombrosa y hoy cuenta con cientos de ferias en todo el mundo, organizadas por fervientes seguidores de esta cultura heredera del “hágalo usted mismo”. Maker es, utilizando una definición montaraz, el bricolaje del siglo XXI. Es también la respuesta al pret-a-porter, al producto envasado listo para el consumo, a la negación de nuestra inherente capacidad para transformar lo que nos rodea. El MIT Media Lab trató de explicar lo que hacían los makers, asegurando que para ellos los átomos son como los bits. En este batiburrillo de hacedores cabe casi de todo: microprocesadores, drones, impresión en 3D, hardware libre; pero también taladros, cables, madera y metal. Frente a la fascinación digital y la frialdad de las pantallas, el movimiento Maker hackea la vida buscando nuevas capacidades en la tecnología.

Para Dale Dougherty, el crecimiento de esta cultura se producirá en la medida en que la tecnología sea más barata (para que todos puedan tener acceso a la misma), más abierta (para que pueda modificarse) y más estandarizada (al utilizar dispositivos que funcionan igual es más sencillo compartir los avances). Las grandes empresas, asegura Dougherty -que edita la revista Make, principal referencia del movimiento- observan lo que están haciendo. Sus ideas e investigaciones, guiadas por la pasión, pueden eludir la búsqueda de un rédito económico inmediato. Y, por eso, son más interesantes: los conocimientos se enseñan, se comparten y crecen con los aportes de la comunidad, en lugar de enredarse en competencias. Puede que suene extraño afirmar que de este creciente grupo de locos por la tecnología van a salir proyectos que modificarán nuestra forma de vida. Sin embargo, The Economist advierte sobre la tentación de no tomarles en serio: “Es fácil reírse de la idea de que unos aficionados con impresoras 3D van a cambiar el mundo. Pero la primera revolución industrial surgió del trabajo a destajo hecho en las casas (…) Vale la pena seguir la pista del movimiento Maker”.

Entrevista: Zuberoa Marcos
Edición: Malu Barnuevo / David Castañón
Texto: José L. Álvarez Cedena

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