Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

propuestas de la neurociencia para mejorar tus clases

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Jesús C. Guillén. Autor del blog sobre Neuroeducación ESCUELA CON CEREBRO.

 

Irene Pellicer. Autora de los libros: “Educación Física Emocional” y “NeuroEF: la revolución de la educación física desde la neurociencia”.

 

Anna Forés. Profesora del Departamento de Didáctica y Organización Educativa de la Universidad de Barcelona.

En los últimos tiempos ha habido un enorme desarrollo de las tecnologías de visualización cerebral que nos están permitiendo mejorar el conocimiento del cerebro para optimizar el aprendizaje. Y sumar este conocimiento de las neurociencias a los conocimientos pedagógicos, psicológicos, etc.  ya existentes para seguir mejorando la educación.

En el aprendizaje desde la neuroeducación destacamos tres factores directamente relacionados que resultan imprescindibles: la emoción, la atención y la memoria.

Emoción

A diferencia de lo que se creía antaño, las investigaciones en neurociencia revelan que no podemos separar lo cognitivo de lo emocional. Así, por ejemplo, en experimentos que han utilizado neuroimágenes, se ha comprobado que somos capaces de recordar mejor en contextos emocionales positivos. En estas situaciones se activa el hipocampo, una región imprescindible en los procesos de memoria y aprendizaje (Erk et al., 2003). Y ello sugiere la importancia de generar climas emocionales positivos en los entornos educativos en los que se asume con naturalidad el error, se coopera, se participa activamente en el proceso de aprendizaje y en donde las expectativas -tanto de profesores como de alumnos- son siempre positivas. Fortalecer el vínculo entre toda la comunidad educativa debería ser una auténtica prioridad. Porque, desde el nacimiento, estamos programados para aprender a través de la interacción social. Los bebés, al poco de nacer, ya son capaces de imitar determinados gestos de los padres. Y también disponemos de un sistema de recompensa cerebral asociado al neurotransmisor dopamina que nos facilita aprender a través de todo aquello que nos produce placer. Este sistema que nos permite estar motivados de forma intrínseca y que está directamente vinculado con regiones del cerebro imprescindibles para el aprendizaje, se activa mucho cuando algo nos suscita la curiosidad, cuando cooperamos o cuando jugamos. En el caso concreto del juego, se ha visto que el reto asociado al mismo y el feedback suministrado al jugar son dos elementos esenciales que garantizan una mayor atención hacia los sucesos externos y, en definitiva, un mayor aprendizaje (Howard-Jones et al., 2016).

Complementando las investigaciones que utilizan neuroimágenes, los estudios longitudinales demuestran que la implementación de programas de educación social y emocional en cualquier etapa educativa permite a los alumnos adquirir competencias emocionales imprescindibles para su buen desarrollo personal. Pero, además, tienen una incidencia positiva en su rendimiento académico (Durlak et al., 2011). Es decir, cognición y emoción forman un binomio indisoluble.

Emergent Learning

Atención

Las emociones son imprescindibles para facilitar la atención. Pero la atención constituye un constructo más complicado de lo que se creía. Se han identificado redes atencionales (de alerta, orientativa y ejecutiva) que activan regiones concretas del cerebro en las que intervienen neurotransmisores específicos. En concreto, resulta especialmente relevante en educación la atención ejecutiva, aquella que nos permite estar concentrados durante una tarea inhibiendo estímulos que consideramos irrelevantes. Las investigaciones en neurociencia han demostrado que esta importante atención ejecutiva puede mejorarse con programas específicos de entrenamiento cognitivo. Pero también a través del ejercicio físico y del mindfulness (Posner et al., 2015). Durante el ejercicio físico se libera BDNF, una molécula que interviene en procesos neuronales básicos para el aprendizaje, como la plasticidad sináptica o la neurogénesis. Y el mindfulness, especialmente cuando se integra en los programas de educación emocional y social, constituye una estupenda forma de entrenamiento mental que mejora la atención ejecutiva y que ayuda a combatir el tan temido estrés crónico.

La atención constituye un recurso limitado y, como consecuencia de ello, no podemos mantenerla de forma focalizada durante periodos de tiempo prolongados. Ello sugiere la necesidad de realizar parones durante la jornada escolar, o incluso laboral, para mejorar la eficiencia cognitiva. En experimentos con niños de edades entre 9 y 11 años, se ha visto que un simple parón de 4 minutos para que puedan moverse y realizar unos ejercicios de cierta intensidad es suficiente para mejorar su concentración durante las tareas posteriores (Ma et al., 2015). Y en el caso de los niños y adolescentes con TDAH, se ha comprobado que los programas de artes marciales -como los de taekwondo- inciden de forma muy positiva sobre su autorregulación (Lakes y Hoyt, 2004).

Memoria

La memoria y el aprendizaje son dos caras de la misma moneda. No podemos aprender sin memoria ya que consolidamos la información adquirida para recuperarla cuando es necesario. Aunque existen distintos tipos de memoria que activan regiones cerebrales concretas que debemos conocer para aplicar las estrategias educativas adecuadas.

Sabemos que somos capaces de recordar mejor situaciones asociadas a un alto impacto emocional, lo cual tienen un alto valor adaptativo. Pero ¿qué ocurre en situaciones más normales o no tan emotivas? En ese caso, hacemos uso de distintos tipos de memoria. Por un lado, disponemos de una memoria implícita asociada a los hábitos cognitivos y motores, inconsciente y que no podemos verbalizar, en la que intervienen regiones subcorticales del cerebro. A través de la práctica y de la repetición es como aprendemos a escribir, a tocar un instrumento musical o las operaciones aritméticas básicas. Por otra parte, disponemos de una memoria explícita que origina recuerdos conscientes sobre nuestro conocimiento del mundo y experiencias personales en la que intervienen otras regiones cerebrales: los recuerdos conscientes a corto plazo se almacenan en la corteza prefrontal y el hipocampo permite convertirlos en recuerdos duraderos que se irán almacenando en las distintas regiones corticales. Este tipo de memorias son más flexibles y necesitan un enfoque más asociativo en el que la reflexión, la comparación y el análisis adquieren un gran protagonismo.

Los estudios demuestran que una buena consolidación de la información requiere el sueño, una auténtica necesidad cerebral en la que se da una especie de regeneración neuronal que facilita la consolidación de lo estudiado durante la vigilia (Tononi y Cirelli, 2014). También se ha comprobado que el sueño facilita la aparición de ideas creativas. Y nada mejor para desarrollar un pensamiento creativo, analítico y crítico que el que desarrolla la educación artística.

Competencias del neuroeducador/a

Afortunadamente, el puente entre la neurociencia y la educación es cada vez más cercano. Pero para que la información se transmita de forma adecuada y no caigamos en neuromitos o falsas verdades, necesitamos personas que sean capaces de transferir la información entre estas dos disciplinas tan dispares que utilizan lenguajes distintos. Y ahí es donde aparece la figura de lo que llamamos neuroeducador, una persona capaz de enseñar basándose en los conocimientos reales que disponemos sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. Un cerebro muy plástico que nos permite aprender durante toda la vida y que es único y singular, lo cual abre las puertas de una educación más justa e inclusiva. Todos podemos ser neuroeducadores en nuestras aulas.

Y entre las múltiples aportaciones de la neurociencia que nos pueden ayudar a mejorar las clases, señalamos estas cinco propuestas de Francisco Mora (2013):

  1. Empieza con algo provocador. Una frase, una imagen o una reflexión que no les deje indiferentes.
  2. Conecta con la vida de tus alumnos. Presenta problemas que les afecten y hazlo de forma que lo vean interesante.
  3. Haz que quieran y puedan hablar. Crea un clima en el que no exista el miedo a expresarse y deja espacio para que construyan sus argumentos.
  4. Introduce incongruencias. El mundo está lleno de ellas. Usa la contradicción, novedad, sorpresa, desconcierto o incertidumbre.
  5. Evita la ansiedad. Reduce la presión y no pongas en evidencia a tus alumnos. Nadie aprende así.

La neuroeducación no es una moda pasajera, es una realidad que ha venido para quedarse. Conocer cómo funciona nuestro cerebro, puedes permitir mejorar la educación y nos hace personas más íntegras y felices.

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