Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

‘Slow Christmas’: rito y reflexión

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http://www.lavanguardia.com/cultura/20161224/412859133394/slow-christmas-rito-reflexion.html

24/12/2016 02:00 | Actualizado a 24/12/2016 07:02

No hay vida humana sin finitud, pero la finitud no sólo es la muerte sino el tiempo y el espacio, la contingencia, las situaciones y las relaciones. La condición humana es adverbial. Desde esta perspectiva, la vida es un andar situándonos (y resituándonos) en un tiempo y en un espacio; vivir es existir en la imposibilidad de poder quedar situados del todo. Algunos momentos del año muestran la necesidad de puntos de referenciaespacio-temporales que no podemos esquivar porque son inevitables para habitar nuestro mundo. La Navidad es uno de ellos.

La Navidad señala una ruptura en el tiempo cotidiano, ruptura que es, a la vez, rememoración. Cada año vuelve y, aunque sea distinta, no deja de tener un cierto aire de familia. Por eso, es una de las muestras más evidentes del fondo ritual de la vida cotidiana, un fondo ritual que no es posible eludir, ni siquiera en tiempos de crisis generalizada.

Pero tenemos la sensación de que, cada vez con mayor intensidad, la Navidad se repite sin renovarse, parece que vuelve como si fuese un clon de lo mismo, de lo ya vivido, al modo de una (mala) novela de la que ya conocemos el final. Si eso sucede así, y si esa sensación es común a la mayor parte de los presentes, entonces el problema es mayúsculo, porque una repetición sin renovación es una repetición muerta. En el caso que nos ocupa resulta todavía más grave, puesto que Navidad remite a nacimiento, a lo nuevo. Navidad significa tiempo de nacimiento: algo nuevo comienza (o debería comenzar), algo distinto de lo que se ha vivido irrumpe.

Ahora bien, parece claro que vivimos en un mundo social en el que el tiempo se ha acelerado y en el que el espacio se ha vuelto anónimo. La aceleración y el anonimato son signos de nuestro tiempo. Todo tiene que hacerse con rapidez. En un universo colonizado por la tecnología (en el sentido de sistema tecnológico), en un mundo en el que se vive tecnológicamente, la velocidad, como escribió Milan Kundera en su novela La lentitud, es lo que atrapa al ser humano contemporáneo, es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre. En efecto, la velocidad es uno de los elementos fundamentales de la resacralización del mundo propia de nuestro tiempo.

Al modo de un ídolo sediento de víctimas para ser devoradas, la velocidad no deja tiempo para lo realmente nuevo, porque acaba convirtiéndolo en novedad. Pero la novedad no es lo nuevo sino la apariencia de lo nuevo; es una operación de los sistemas sociales que funcionan según la lógica de la avidez. La novedad es el anzuelo del cambio, un cambio que no es una transformación, que no tiene nada que ver con la transformación. El modelo literario para comprender en qué consiste una transformación es el relato homónimo de Kafka. Gregor Samsa no puede seguir durmiendo. En la habitación de Gregor, mientras la lluvia golpea el alféizar de la ventana, algo imprevisto ha sucedido. Ahí sí que ha irrumpido lo nuevo, lo verdaderamente nuevo, esto es, lo imprevisible, lo que obliga a vivir de otro modo. Pero a diferencia de lo nuevo, la novedad desconoce las transformaciones. De lo que se trata aquí es solamente de cambiar, de usar y tirar.

En la vida humana todo necesita tiempo, todo necesita su tiempo. Hoy la sensación generalizada es que no tenemos tiempo para lo que se necesita tiempo. Pensar ­necesita tiempo, viajar necesita tiempo, leer necesita tiempo, amar necesita tiempo. Pero no un tiempo cualquiera. Y aquí tampoco vale decir que lo que se necesita es un tiempo lento, slow. Lo que es necesario es un tiempo adecuado, y un tiempo así no puede describirse a priori. Descubrimos en qué consiste lo adecuado en cada situación, frente a los que están con nosotros, porque, en cada situación, lo adecuado es distinto, singular y único.

Pero sabemos que un tiempo adecuado es el que no está libre del pasado, porque lo que ha pasado no ha pasado del todo, porque sigue persistiendo en el presente. Y porque lo adecuado también es lo realmente nuevo. No se trata aquí, como ya advertí antes, de la novedad, sino de esperar que irrumpa lo nuevo, lo que no puede estar planificado, lo que no puede programarse, lo que no puede quedar capturado por ningún sistema social. Por eso, en el momento actual, lo nuevo resulta incómodo y la mayoría prefiere esperar la novedad. A diferencia de esta, lo nuevo inquieta porque no puede tener contenido, no puede definirse. Es como Godot en la tragicomedia de Samuel Beckett: a Godot se le espera, pero no se le conoce, no se sabe qué (o quién) es.

El tiempo adecuado de la Na­vidad es el tiempo de lo nuevo. ­Esperamos la Navidad porque la ­vida humana es una vida a la es­pera. Anhelamos que algo suceda. La Navidad es sobre todo un ­deseo. Pero no hay que olvidar que en todo deseo existe siempre un riesgo, el riesgo de acabar, ­como en el relato de Joseph Conrad, viajando al corazón de las ­tinieblas.

Joan-Carles Mèlich (Barcelona, 1961) es filósofo, profesor de Filosofía de la Educación en la Universitat Autònoma de Barcelona. Autor de diversas obras como ‘ Filosofía de la finitud’ (Herder), sus últimos libros publicados son ‘La prosa de la vida’ y ‘La lectura como plegaria’ (Fragmenta)

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