Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

El juego normal: Una mirada desde la neuropsicología a sus mecanismos y funciones

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“Los hombres no dejan de jugar porque envejecen… sino que envejecen porque dejan de jugar”
George Bernard Shaw

Resumen
La presente revisión nos lleva a definir al juego como una capacidad innata del individuo que adquiere progresiva complejidad, isomórficamente a las funciones neuropsicológicas que lo predeterminan y constituyen; y que, como éstas, reciben modelado del ambiente en que el individuo se desarrolla (definiendo a éste como la multiplicidad de estímulos que rodean al ser humano desde el instante mismo de su concepción, incluyendo factores genéticos, epigenéticos y socioculturales). En este sentido, habría juego en tanto exista una motivación para la consecución de una gratificación, la cual active el aparato locomotor y se sostenga hasta la obtención de la misma, involucrando el desarrollo creciente de la interacción con otro, en igual medida y proporción en que se perfeccionan los procesos comunicativos con otros individuos.

Resulta claro entonces que, a mayor progreso intelectivo y emocional, mayor será la complejidad de las funciones neuropsicológicas que deberán interrelacionar para la obtención de placer.

Abstract
This review leads us to define the game as an innate capacity of the individual acquiring increasing complexity, isomorphically to neuropsychological features that predetermineando form; and, like these, get modeling environment in which the individual develops (defining it as the multiplicity of stimuli that surround the human beingfrom the moment of his conception, including genetic, epigenetic and socioculturales factors). In this

regard, there would exist game as motivation to achieve a bonus, wich activate the locomotor apparatus and hold until obtaining the same, involving the increasing development of interaction with othersame extent and proportion that the communication processes are perfected with other individuals. It is therefore clear that the greater intellective and emotional progress, the greather the complexity ofneuropsychological functions that must interrelate to obtain pleasure.

Hablar del juego es repensar inmediatamente al niño, y al hombre, desde la totalidad e integralidad de sus funciones neuropsicológicas. El jugar es intrínsecamente una conjunción de pensamientos, emociones y acciones, cuyo sustrato neurobiológico (en presencia o ausencia) lo define y predetermina. Tal es así que las características del juego y su especificidad en cada etapa sólo es interpretable en pos del desarrollo de esa compleja red de asociaciones neuronales que nos convierte en seres intelectivos… pero también en seres sociales.

El cerebro se modifica a lo largo de todo nuestro acontecer. Cada estímulo, cada experiencia, cada exigencia, cada desafío, crean nuevas conexiones, refuerzan las ya existentes y construyen los circuitos neuronales. El juego por definición, establece con ello un paralelismo secuencial, encontrándose intrínsecamente unido al proceso de neurodesarrollo, generándose la diferenciación de sus distintas etapas:

  • Juegos sensorio – vestibulares.
  • Juegos motores y de integración somatosensorial.
  • Juegos socio – emocionales.
  • Juegos cognoscitivos, abstractos, con exigencia motora fina.

Es por ello que (y antes de que se tilde el planteo de restrictivamente biologicista) es necesario entender que esa red, esa capacidad maravillosa de las neuronas de relacionarse y generar un producto, tiene un componente ambiental que la modela desde el momento mismo de la concepción del ser humano.

Nos acercamos así al concepto de “ambioma”, siendo éste el conjunto de elementos no genéticos, cambiantes, que rodean al individuo y que junto con el genoma conforman el desarrollo y construcción del ser humano o pueden determinar la aparición de una enfermedad” (Mora y Sanguinetti, 2004)

Vislumbramos así que, para jugar, es necesario que podamos poner en acto una serie de capacidades entre las que se destacan la creatividad, la motivación, la atención, las funciones ejecutivas y, fundamentalmente, la cognición social; en sus dos componentes: ToM y Empatía.

Como casi todos los descubrimientos en el área de las Neurociencias, mucho de lo que se ha investigado proviene del terreno de lo patológico. No me explayaré al respecto, pero podemos dilucidar desde ya que, cuando alguna de estas funciones se encuentra ausente o alterada en un individuo, el juego, como fin último de complejos procesos previos, se verá también afectado en su esencia.

Para iniciar el juego debe haber una motivación. Ésta existe por la expectativa que asume el individuo de la obtención de recompensa (logro de un objetivo). Ello conlleva a la puesta en acción y al enfrentamiento de las dificultades que puedan presentarse, lo cual variará según la edad y la naturaleza del juego. Ejemplificando, podemos pensar que en el niño de pocos meses será la ejecución de las maniobras necesarias para alcanzar su mordillo o sonajero, en el de dos a tres años será empujar al par que intente disputarle su juguete –aprendiendo poco a poco a mediar a través del lenguaje-, a los seis intentará coordinar la toma de roles y disponer de los elementos necesarios para simbolizar una rutina de la vida diaria; en el adolescente podríamos pensar en la presuposición de estrategias y planificación táctica en juegos de mesa o informáticos… etc.

Neurofisiológicamente, la expectativa de alcanzar una recompensa se codifica en el estriado ventral a partir de la activación del núcleo accumbens, y éste, a su vez, puede inducir mayor actividad a la parte motora (putamen) o cognitiva (núcleo caudado), dependiendo de la tarea a realizar (Schmidt, Pessiglione 2012).

Por lo antedicho, es necesario comprender que la motivación depende, en primer lugar, de que el individuo presuponga una recompensa para la iniciación del acto y, en segundo, mantener éste para alcanzar el objetivo. En este punto, es que la interdependencia con el sistema atencional cobra relevancia fundamental. Es el S.A el involucrado en la distinción de las recompensas, en la capacidad de perseverancia y en el automonitoreo de las conductas que ejecutamos para la consecución de los fines.

Fisiológicamente, la motivación se encuentra relacionada con la actividad del circuito de recompensa cerebral cuya vía más importante es la vía dopaminérgica. Al producirse una descarga dopaminérgica, el individuo percibe una sensación de gratificación, configurándose una serie de emociones positivas que posibilitan la percepción del estado de alegría. Para que esta descarga sea posible y el nivel de activación (arousal) sea percibido como agradable por el individuo, deben inhibirse las emociones negativas a partir de la hipoactivación de la amígdala (encargada de la valoración de estímulos y la descarga de neurotransmisores que inician los estados de lucha o huida). Las actividades placenteras, siendo el juego su máxima expresión, posibilita la inhibición de la activación amigdalina y el desarrollo del módulo órbito frontal, permitiendo la percepción de emociones positivas por parte del individuo y reduciendo el estrés por supresión de los neurotransmisores que lo producen y la consecuente desregulación neuroendócrina.

Queda así descripta la primera función neurobiológica del juego: reducción del estrés y puesta en acto de los sistemas de ejecución a partir de la activación de los circuitos motivacionales, inmiscuyéndose, por ende, en todas las actividades de la vida humana.

Circuito-Cerebral

El gráfico nos ilustra respecto de la influencia dopaminérgica en el sistema límbico – inhibiendo las emociones negativas-, en el núcleo accumbens -interviniendo en la activación motivacional- y en los lóbulos frontales y prefrontales -colaborando en la planificación, obtención de metas e inhibición de conductas motoras irrelevantes para el objetivo en cuestión-.

Es entonces que el juego, como tal, involucra la activación de un conjunto de habilidades cognitivas que permiten la anticipación y el establecimiento de metas, la conformación de planes y programas, el automonitoreo y la capacidad de llevar las tareas hasta su fin último. Nos encontramos aquí bajo el concepto mismo de funciones ejecutivas, cuyos componentes se ponen en ejercicio en el individuo que juega desde el inicio mismo de la secuencia lúdica. La memoria de trabajo, la flexibilidad cognoscitiva, la autoregulación y la inhibición de conductas no pertinentes se constituyen como factores organizadores y ordenadores subyacentes a cualquier actividad cognitiva, siendo éstos, factores fundamentales para que el juego sea posible. Es así que, quienes transitamos la clínica, observamos en aquellas patologías en que las funciones ejecutivas presentan alteraciones (TDAH, TEA, TOC, RM, entre las más frecuentes) –dependiendo del grado y severidad- que el juego en su esencia se encuentra afectado en su despliegue, y desfasado en relación a la edad de desarrollo del individuo. Advertimos roles que se modifican constantemente en los juegos de simulación, estructuras incompletas en los didácticos de construcción, abandono y transgresión de reglas, etc.

Tomando el concepto de Goldberg, autor de “El Cerebro Ejecutivo”, podemos definir a la persona que juega como un “director de orquesta”, cuyos lóbulos frontales (sustrato anatómico por excelencia de nuestras funciones ejecutivas) serán los encargados de recibir información del resto de las estructuras cerebrales coordinándolas entre sí para dirigirlas a un fin (Goldberg, 2002).

orquesta

La evolución de las especies alcanza su punto máximo en el hombre actual. Como conquista filogenética suprema hemos desarrollado un conjunto de procesos cognitivos que, sumados a los anteriormente enunciados, nos permiten ponernos en el lugar mental del otro (Teoría de la Mente –ToM-) a partir de la posibilidad de interpretar y predecir la conducta de los demás. Esta intelección de que los otros son seres dotados con la capacidad de intención, semejantes a uno, resulta elemental para las interacciones en general y las instancias lúdicas en particular. Así la ToM en sí misma otorga las bases de la comunicación y la interacción social, “atribuir mente a otro es una actividad teórica, pues no podemos observar su mente, pero a partir de esa atribución interpretamos sus pensamientos y sentimientos y podemos actuar con él adecuadamente” (García García, 2007). El sustrato neurobiológico que otorga estructura a estos procesos es uno de los hallazgos más grandes de las últimas dos décadas. Se ha descubierto que estos mecanismos se encuentran activados a partir de la excitación de tres regiones claves de nuestro cerebro: la amígdala, la corteza prefrontal medial y la circunvolución temporal superior. En el constructo lúdico ponemos en juego un conjunto de mecanismos a fin de lograr una interacción comunicativa eficiente: buscamos llamar –y mantener- la atención del otro, inferimos sus creencias y motivación relativas a la meta, generamos modificaciones respecto del plan inicial, anticipamos sus conductas, adoptamos acciones preventivas a fin de anticipar problemas o resolverlos adecuadamente.

Desde que empezamos a jugar incorporando al otro (como “modelo” en las primeras imitaciones del juego vocal y más tarde motoras, como “paralelo” en las instancias previas del juego socializado o como “partener” en las etapas posteriores) es que vislumbramos el “encendido” de nuestras neuronas especulares –neuronas espejo (Rizzolatti, 1995)-. Éstas suponen un “cableado” tal que, si observamos a otro con sus pensamientos y sentires a cuestas, podemos comprender, y situarnos, intelectiva y emocionalmente en el punto en el que el otro se encuentra; a partir de la activación en nuestro cerebro de las mismas neuronas que lo están haciendo en el semejante, acorde a la situación que se encuentre vivenciando. Las neuronas espejo permiten entender la mente de nuestros iguales, y no a través del razonamiento conceptual, sino directamente; sintiendo y no pensando (Rizzolatti, Fogassi y Gallese, 2001). Los científicos han localizado a tales unidades en la región F5 del córtex premotor de los primates, zona compatible con el área de Broca en el cerebro humano. Es en este punto que surgen hipótesis en curso respecto de su función en la estructuración del lenguaje. La clínica nos aportaría más datos al respecto, al evaluar una y otra vez la dificultad de generar instancias de juego simbólico que poseen aquellos niños donde la alteración del lenguaje se presenta como barrera, no sólo en las instancias de interacción social, sino también en el desarrollo y progreso de sus capacidades lúdicas.

Es importante destacar que no debemos quedarnos en la percepción de un plano estrictamente intelectivo de tal capacidad. Es la capacidad de establecimiento empático del ser humano que es posible el pleno despliegue de su cognición social. En la experimentación de la empatía, está comprobada la influencia de factores relativos a la proximidad y familiaridad, siendo desde este plano que podemos comprender la relevancia y el interés que generan en los niños los juegos de imitación diferida de rutinas sociales, donde los roles que establecen se encuentran isomórficamente construidos en relación a la persona objeto de la empatía, generalmente sus padres y maestros en los primeros intentos. Para que tal acción –simbólica- pueda llevarse a cabo, es necesaria la participación en el lenguaje, pero en el lenguaje en cuanto sistema de metarepresentación que se construye secundariamente –y por sobre- aquellas capacidades innatas que se definen y estructuran a partir de las capacidades físicas (sistema sensorio motor). De allí que neuronas especulares, lenguaje y simbolización se encuentren tan íntimamente ligadas, siendo innatas (porque “modularmente” naceríamos con tales competencias – Chomsky, 1981) pero a la vez requiriendo de la activación y modelado del ambiente entendido en tanto genética, epigenética y cultura. En resumen, comprender el mecanismo que nos convoca, supone adivinar que, a partir de los procesos de ToM y Empatía es que se torna posible sintonizar con el estado emocional del otro, lo que actúa como estímulo motivador, llevando a una retroalimentación constante del sistema y generando un espacio de acción compartido, tal como desarrolláramos en los párrafos anteriores.

A esta altura del desarrollo pareciera redundante aclarar que la afectación de cualquiera de estos circuitos –escuetamente por cierto- desarrollados, generaría una necesaria alteración en la capacidad de juego del individuo, tal como lo comprendemos desde la episteme que nos sostiene. Así lo vemos en el TDAH (en sus predominancias hiperactiva o dispráxica disejecutiva) al verse dificultada la vía de la gratificación y las funciones ejecutivas), como en los Trastornos del Espectro Autista o Esquizofrenia (donde hasta en los casos más leves se presentan como rasgo distintivo las alteraciones en ToM y Empatía) mencionando sólo los más frecuentes. Es entonces que podemos intuir que, rehabilitando la funcionalidad afectada, veremos reflejados los resultados en el incremento en la calidad del juego, en cuanto pueda acercarse éste a lo esperable para la edad de desarrollo del individuo. También es posible pensar que, en los ámbitos educacional y terapéutico, el juego que realce la estimulación de la carencia, redundará necesariamente en una mejora en las capacidades adaptativas del sujeto en cuestión.

Es luego de este camino recorrido que podríamos definir al juego como una capacidad innata del individuo que adquiere progresiva complejidad, isomórficamente a lasfunciones neuropsicológicas que lo predeterminan y constituyen; y que, como éstas, recibe modelado del ambiente en el que el individuo se desarrolla (definiendo a éste como la multiplicidad de estímulos que rodean al ser humano desde el instante mismo de su concepción, incluyendo factores genéticos, epigenéticos y socioculurales). En este sentido, habría juego en tanto exista una motivación para la consecución de una gratificación, la cual active el aparato locomotor y se sostenga hasta la obtención de la misma, involucrando el desarrollo creciente de la interacción con otro, en igual medida y proporción en que se perfeccionan los procesos comunicativos con otros individuos. Resulta claro entonces que, a mayor progreso intelectivo y emocional, mayor será la complejidad de las funciones neuropsicológicas que deberán interrelacionar para la obtención de placer.

En el presente trabajo intenté describir el juego como una capacidad del individuo inherente a su desarrollo y predeterminado por él. Desde una visión menos romántica tal vez, pero no por ello menos carente de sustento, a fin de entender la complejidad de los procesos que se conjugan en este acto tan cotidiano, tan humano, que sólo ocupa la atención científica cuando falta o se ve alterado en alguno de sus componentes. Pensar al juego, no como mero acto recreativo, sino como protagonista causal y consecuente de una serie de funciones psiconeurosocioendócrinas, es un desafío actual de las distintas disciplinas que hoy abordan al ser humano desde alguna de sus etapas del desarrollo.

Podemos concluir finalmente, resumiendo, que es el juego responsable de la reducción del estrés, por inhibición de la activación amigdalina y los neurotransmisores que la producen; es a la vez causa y consecuencia del entrenamiento de nuestras funciones ejecutivas y de nuestra cognición social intelectiva y emocional. Es el juego un estimulador de la pragmática del lenguaje, permitiéndonos la expresión plena de nuestro desempeño motor, la interacción con el otro desde lo verbal y no verbal y la simbolización como función más excelsa de nuestro devenir humano.

Ana Victoria Poenitz

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