Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

Un niño necesita ser feliz, no el mejor

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Adrián es un niño del siglo XXI. Tiene a dos padres que trabajan mucho, según sus palabras “incontables horas al día” para pagar la casa en la que viven, los coches en los que se desplazan y los contados días de vacaciones que se toman al año. También dice que no le importaría tener un salón más pequeño, un coche que fuera un poco más lento y sin asientos de cuero y un futuro más incierto a cambio de pasar un poco más de tiempo con sus padres.

Pero no con sus padres de ahora -cansados, estresados, preocupados e inaccesibles-, sino con sus padres de antes -atentos, dispuestos, risueños, cariñosos y coherentes-. Les echa de menos, pero no tiene ni idea de cómo decírselo. Además Adrián ha observado que los mayores, ya no solo sus padres, tampoco expresan lo que sienten. Él sospecha que existe una conexión entre el mundo emocional y las palabras, pero nadie le ha enseñado cómo funciona exactamente. Todas son sospechas en las que se siente inseguro.

“Las infancias nunca duran. Pero todo el mundo se merece una”

-Wendy Dale-

 

Adrián es un niño ocupado

Adrián también es un niño que no juega, al menos que no juega por jugar y sin otra intención que la de divertirse y pasar un buen rato. Desde que nació su hermana, sus padres le consideran mayor para delegar en él responsabilidades, aunque pequeño a tenor del tipo de preocupaciones que manifiestan. Esto lo único que genera en él es aún más inseguridad, pero tampoco sabe cómo decírselo a ellos.

Además, el pequeño protagonista de este artículo no tiene una hora libre al día, la pregunta sobre qué quiere o no quiere hacer está restringida a los fines de semana en los que hay suerte y su madre trabaja. Son los fines de de semana que pasa con sus abuelos. Ellos pretenden compensar en dos días toda la libertad que le restringen sus padres. Aunque el pequeño no se lo haya dicho, tienen la sabiduría que da la experiencia e intuyen cómo se siente; sin embargo estos cambios tan bruscos a Adrián también le confunden.

Durante la semana, las mañanas y las tardes están repletas de colores. De hecho este año ha tenido que repetir color para más de una actividad porque en su estuche no había una cromática lo suficientemente amplia para diferenciar toda su agenda. Así, el inglés del colegio este año lleva el mismo color que el inglés de sus clases particulares y lo mismo pasa con música y el conservatorio, o educación física y sus entrenamientos de fútbol. Incluso este año ha tenido que usar el amarillo, que le gusta aún menos que darle patadas a un balón, para las clases de Chino.

Adrián ya no protesta por el fútbol, al menos no lo hace directamente: porque no sabe hacerlo como alguien mayor y no quiere hacerlo como un niño, pero sobre todo no quiere decepcionar a su padre. Ya siente que lo hace cuando no juega bien o cuando ese día le toca sentarse en el banquillo, no quiere imaginar cómo se sentiría si un día le dijese que sus sueños distintos.

·Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder en la vida es tener una infancia feliz·

-Agatha Christie-

 

Adrián es un niño silenciado

Por el contrario, a Adrián le encanta leer. Recuerda con cariño los cuentos que su padre le contaba de pequeño. Unos los leía y otros se los inventaba. Le gustaban especialmente los segundos porque su padre le conocía muy bien y sabía exactamente lo que le gustaría que hiciera el niño intrépido que se acababa de escapar por la ventana. En esa complicidad, ahora perdida, se dormía con una sonrisa.

Cuando su padre añadía uno nuevo, esa noche era especial. Además, al día siguiente Adrián hacía en secreto algo que ahora podemos revelar: los escribía en un papel porque quería que su mejor amigo también los disfrutara. Era su manera, entre otras muchas, de intentar compensar la tristeza que veía en sus ojos por no haber conocido a su propio padre. También lo hacía por otro motivo: uno de sus vecinos tenía Alzheimer y Adrián había sido testigo de cómo perdía la memoria.

Él no quería olvidar unos cuentos a los que ahora abrazaba, mientras sentía en sus palabras que su infancia poco a poco se estaba marchando y que, al contrario que aquel niño escapista y aventurero, nunca volvería.
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Adrián sabe más idiomas que muchos niños de su edad, es bueno con el piano, domina las ecuaciones cuando sus compañeros se pelean aún con los números negativos y sabe realizar todos los cuidados mínimos que necesitaba una hermana pequeña. Adrían también es un niño triste y además es consciente de que está triste porque un día fue feliz, fue inmensamente feliz. Una felicidad que sus padres han sacrificado por un futuro que nadie sabe si algún día llegará. ¿Merece la pena?

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