Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

‘Jardinosofía’

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Cito a Santiago Beruete en el jardín del hotel Alma, y se entusiasma: ¡jardín y alma, hermanados! De eso trata su Jardinosofía (Turner), libro exquisitamente escrito que cuenta “una historia filosófica de los jardines”: un viaje bello, útil y bueno por el tiempo y el espacio. Nos lee a Epicuro, Lucrecio, Virgilio, Horacio y Voltaire (¡cada libro es un jardín portátil!), nos cuenta como Mandela se sintió libre al ver cómo en su jardín de la cárcel germinaba una semilla, indiferente al desvarío del mundo… Lo efímero y lo eterno, ¡en el jardín! Cultivándolo, él te cultiva. Felicidad es florecer por dentro. El filósofo no trepa a una cátedra: riega una maceta. La revolución: cuidar de una flor. Amar, eso es.

¿Es jardinero?

No, soy filósofo. Pero mi maes­tro filosófico fue un jardín.

¿Más que Platón?

¡Sí! También los sabios griegos filosofaban en jardines…

No lo sabía.

Academia de Platón, Liceo de Aristóteles, Gimnasio de Antístenes, Jardín de Epicuro… ¡Huertos, jardines! Y Teócrito, discípulo de Aristóteles, es el padre de la botánica.

Su jardín-maestro, ¿cómo era?

Me divorcié, lo vendimos todo: me quedó mi crisis, mi caos… y un trozo de bosque. Por hacer algo, lo aclaré, acoté, quite piedras, abancalé, roturé, sembré, cultivé… ¡y sané!

¿De qué enfermedad sanó?

De mi confusión, de mi agitación, de mis prisas, de mi arrogancia, de toda esta tecnolatría tan nuestra… Dejas el móvil fuera del jardín y te embarras, y te arrodillas, y tus manos encallecen… ¡y entonces aprendes!

¿Qué aprendes?

Paciencia, entrega, constancia…, y humildad, ¡que justamente viene de humus!

Tierra abonada, ¿no?

De la hez, de la caca, de lo más bajo y degradado, brotará lo bueno, útil y bello. ¡Eso es el jardín y eso busca la filosofía! Cuidar del jardín es una terapia psychés (terapia del alma), nos enseñó ya Sócrates.

¿Ajardinar… es filosofar? ¿Filosofar… es ajardinar?

Eso sostengo, porque el jardinero tiene la respuesta a la pregunta central y fundacional de la filosofía: ¿cómo vivir bien?

¿Esa es la pregunta fundamental?

Sin duda. La formuló Platón en su Gorgias hace 25 siglos…, y para responderla hemos alzado un sistema filosófico tras otro…

Y la respuesta… ¿era un jardín?

El grandísimo Epicuro –¡su escuela se llamó El Jardín!– enseñó que ejercitarte en el bien vivir implica ejercitarte en el bien morir. Y llegará el muy epicúreo Montaigne para resumírnoslo en una frase iluminadora…

¿Que frase?

Así dijo Montaigne: “Que la muerte me halle sembrando coles…, y yo tan indiferente a ella como a mi imperfecto jardín”.

¡Bravo! Sin más.

Sin más: llega la muerte… ¡y él siembra! Tan pancho, ¡siembra! ¿Qué puedo añadir?

Nada. Nada. La vida sigue… ¡y esta entrevista ha terminado!

Así es. Pero si quiere, anote esta enseñanza de Shakespeare: “Tu cuerpo es tu jardín, en el que ejerce de jardinero tu voluntad”.

Fértil metáfora, la del jardín…

Estoy seguro de que crecerá entre nosotros la verdolatría, reacción a la creciente asfaltización urbanícola de la humanidad. A los mandatos imperantes –velocidad, inmediatez y maximización de beneficios– yo contrapongo los valores del jardín…

A saber…

Cuidado, contemplación meditativa y gozo sensorial de la belleza. ¡Contra lucropatía, hortoterapia! Necesitaremos más y más huertos urbanos, más jardines interiores…

Ojalá eso pueda salvarnos.

Voltaire, el padre de la Ilustración, lo aprobaría: “No hay mejor vida filosófica que cultivar tu propio huerto”, escribió.

¿Igualamos jardín y huerto?

En mi jardín tenía frutales, aromáticas y hortalizas. El mejor jardín del mundo es el del castillo de Villandry, obra de un español, en el Loira: lo componen verduras, hortalizas, frutas…, ¡todo comestible! Y es hermosísimo, ¡una joya! Total: bello, útil y bueno.

“Tenía”, me dice: ¿ya no tiene jardín?

No aquel jardín en el bosque: ahora cultivo otro en el terrado de mi casa, en Dalt Vila.

Pero el jardín… jibariza, somete y retuerce la naturaleza un poquito o mucho…

Sí, el jardín es paradójico: naturaleza antropizada, natural y artificial a la vez, a la vez tortura lo natural y lo exalta… Por pánico a la naturaleza la acotamos y domesticamos, para así poder leerla y controlarla. El jardín, sí, es ambivalente…, ¡como nosotros mismos!

¿Desde cuándo hacemos jardines?

Grabados egipcios testifican que hace 5.000 años: quizá el oficio más viejo del mundo…

¿El jardín refleja una cultura?

Ves la sensibilidad de cada época en sus jardines: renacentista, barroco, romántico… El jardín de Versalles, ¡qué cartesiano!

¿Sucede lo mismo fuera de Occidente?

Dice un proverbio chino: “¿Quieres ser feliz una hora? Bebe vino. ¿Quieres ser feliz un día? Cásate. ¿Quieres ser feliz toda tu vida? Hazte jardinero”. Cultívalo y él te cultivará.

Y nos engalanamos con flores…

El hombre prehistórico cubría de flores a sus muertos. Recoger flores ayuda a polinizarlas: la flor te seduce… en su beneficio.

La ciencia ha verificado ya que ver árboles fortalece la salud inmunológica.

Y de la fotosíntesis vegetal ¡viene la vida! Habla el neurobiólogo Stefano Mancuso: “De todos los seres vivos, los animales somos sólo el 0,1%, ¡el resto es vegetal!”. Sed humildes, animalistas: seámoslo todos, mejor.

Salgamos al jardín para hacerle la foto.

¡Al jardín! Nuestra cultura –de cultivar– nos cuenta que vamos del Jardín del Edén a Jardín del Paraíso: el jardín simboliza el mundo vivible. ¡Al jardín, a la vida buena! Y quizá seamos, un día, jardineros del cosmos.

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