Érase una vez un barrio trabajador, un instituto corriente y una niña que esperaba que le contaran de qué va la vida. Hasta no hace mucho, no sabía cómo continuarían mis estudios. ¿Y si me equivoco? Sentía que al terminar el bachillerato caería en el abismo. Habría un break temporal, algo como eso que sale en las películas de sci-fi. Eso me imaginaba, pero yo necesitaba un punto y seguido. Un día cualquiera, no más importante que otro de la semana, el profesor de Filosofía me paró por el pasillo y me soltó un “tenemos que hablar”. En el despacho de Sociales me propuso participar en un proyecto de mentoring. No perdía nada por intentarlo, así que me lancé a ello.

Me explicaron más a fondo de qué iba la cosa, en qué consistía, quiénes eran y por qué lo hacían. Abrí los ojos a la realidad. Fui más consciente de lo que me esperaba y decidí implicarme a fondo: hay que pisar fuerte y abrirse camino entre la multitud liderada —de momento— por hombres. ¿Por qué no gritar igualdad?

Conocí a mi mentora. Es cierto que en los primeros encuentros la timidez y los nervios se sentaban con nosotras en la mesa. Pero con el tiempo fuimos prescindiendo de su presencia. Deseaba que pasara el mes para poder sentarme a charlar con ella y contarle todas las novedades. No había ojeado webs de universidades hasta entonces. Yo iba a las reuniones excitada con cuatrocientas ideas en la cabeza, pero ninguna meditada. Todas muy al alcance de cualquiera. Demasiado cómodas para mí, porque la comodidad es muchas veces nuestra única consejera. Siempre recordaré cuando en una sesión me dijo: “¿Y si en vez de planear tanto, volamos más alto?” Mi mentora me ayudó a encontrar mi meta y juntas diseñamos la ruta para conseguir llegar a ella.

Abrir la mente, ver más allá y considerar diferentes puntos de vista. Oír palabras distintas a las de tus amigos, tus profesores o tu madre ayuda muchísimo. Un proyecto piloto que terminó siendo un éxito. Tenía que perder el vértigo que me daba, en un principio, equivocarme. Saber que los sueños están para soñarlos y también para vivirlos. Que sólo hace falta soñar muy fuerte, muy alto, para orientarse en la realidad. Quizá llegue ese break temporal, como en las películas interestelares, pero yo ya sé que los exploradores no temen: arriesgan y sueñan.

S.B. está en segundo de Bachillerato y el año pasado participó en el Programa Púlsar. Organizado por la Fundación Everis, es un programa de mentoría individualizada en el que mujeres referentes del mundo de la empresa, el periodismo, la comunicación, la ciencia, etcétera, ayudan a chicas adolescentes de entre 15 y 18 años a descubrir y potenciar su talento. Actualmente se desarrolla la segunda edición, en la que participan colegios de Madrid y Barcelona, en España, y Sao Paulo, en Brasil.