Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

La epigenética: las experiencias sociales modulan la expresión de los genes

En otro post hablamos sobre si la genética o el ambiente pueden explicar los problemas que los niños víctimas de abandono o malos tratos pueden presentar: retrasos en el desarrollo (motriz, lenguaje, cognición, social…); presencia de determinados rasgos desadaptados de personalidad; y/o patologías físicas y psicológicas (trastornos hiperactivos, de conducta, ansiedad, depresivos, de la alimentación, de la eliminación, esquizofrenia y otras psicosis…) Porque es amplio el abanico de alteraciones que pueden tener las personas que han sufrido la pesada carga del maltrato, tanto en la infancia como en la vida adulta. Cada vez hay más estudios que correlacionan psicopatologías concretas con el hecho de haber sido víctima de malos tratos en la infancia.

 

Concluíamos que tanto la genética como el ambiente, en interacción, influyen en la aparición de todos estos problemas, pero que en el caso de los niños con experiencias sociales y familiares adversas, el ambiente tenía probablemente, mucho que decir.

 

Leyendo en el último número de la revista Mente y Cerebro (la verdad es que no me voy a cansar de recomendarla), descubro y leo con fruición un artículo titulado: “Entre la herencia y la experiencia”, firmado por Christian Wolf. Me ha parecido sensacional y me he quedado un rato largo pensando que las experiencias ambientales y los mecanismos bioquímicos por los que cada uno somos como somos se van cada vez descubriendo con más exactitud, pero que el milagro de la vida y de cómo nos desarrollamos es aún un misterio. Me ha parecido prodigioso aprender que las experiencias sociales se pueden heredar de una generación a otra mediante modificaciones epigenéticas.

 

Vayamos por partes. ¿Qué es la epigenética? “Es una joven disciplina (del griego epi=encima) que explica cómo la vida va dejando huellas en la herencia y determina, con ello, características diferentes de cada persona, aunque la información genética sea la misma” (mente y Cerebro, nº 47, pág. 56) Esto explica cómo genemelos univitelinos (que comparten el mismo código genético, son idénticos, se parecen como dos gotas de agua) criados en ambientes distintos uno desarrolle, por ejemplo, la enfermedad de la esquizofrenia y el otro no.

 

Esto nos indica que “los genes por sí solos no determinan el destino humano. Lo importante, más bien, es cuáles y cuándo son leídos” “Los genetistas investigan la molécula de la herencia, el ADN, que se encuentra en los cromosomas del núcleo celular. En cambio, los epigenetistas se concentran en el modo de regulación de los 20.000 a 30.000 genes humanos y se preguntan, por ejemplo, por qué un determinado factor hereditario aparece, mientras otro desaparece. La disciplina podría revolucionar nuestra concepción sobre la interacción genes y ambiente, ya que los dos supuestos oponentes trabajan, en la realidad, mano a mano” (Mente y Cerebro, nº 47, pág. 56)

 

Por lo tanto, pienso en los niños con los que trabajo en psicoterapia, me acuerdo de las historias de vida de muchos de ellos, con experiencias de vida muy duras y sobrecargantes para la mente humana en desarrollo desde nada más nacer e incluso, desde el vientre de su madre, que es otro ambiente. Una historia que observo muy común es la de un menor abandonado en su país de origen por sus cuidadores desde el nacimiento y entregado en un orfanato (de mejor o de peor calidad en cuanto a los medios físicos y humanos de los que disponen y con un personal más o menos sensible y más o menos formado sobre las necesidades de los niños. A veces, no digo siempre, descubro que en los orfanatos han sido víctimas de malos tratos por los cuidadores) Luego es adoptado, al renunciar sus padres o familiares de origen a su tutela, y viene a la familia adoptiva a los meses, al año, a los dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… años. Cada vez con más tiempo con experiencias subóptimas de cuidados, de satisfacción de sus necesidades, etc.

 

Es muy probable -si el niño presenta retrasos en el desarrollo o trastornos del comportamiento o emocionales, o rasgos de personalidad desadaptados- que el ambiente haya podido influir y modificar sus genes, mediante los mecanismos de la epigenética, desde muy temprana edad. Según leemos en los estudios, muchas áreas del desarrollo y muchas conductas y rasgos, así como los patrones de apego, van cambiando y experimentando una mejoría global. Pero, por ejemplo, los mecanismos autorregulatorios de la conducta y de las emociones (que están en la base de muchos trastornos como la hiperactividad, los problemas de conducta, la impulsividad…) tardan muchísimo más en mejorar y son los problemas que más preocupan a los padres porque tienen repercusiones en el aprendizaje, la adaptación y la integración social.

 

Por lo tanto, las experiencias ambientales podrían activar o desactivar genes. En este caso, podemos aventurar –sólo aventurar porque no hay evidencia- que los genes responsables de la autorregulación del individuo que se programan adecuadamente mediante una experiencia de apego seguro sufrirían modificaciones con efectos de larga duración.

 

En este sentido, en Mente y Cerebro (nº 47, pág. 57) exponen los resultados de un estudio llevado a cabo por el psiquiatra Michael Meaney, de la Universidad MacGill de Montreal en el cual observaron que (…) «si se alejaba a las ratas jóvenes de su madre para el acicalamiento y la limpieza –es decir, si ésta les prestaba menos atención-, cuando crecían reaccionaban con mayor sensibilidad al estrés. Los análisis bioquímicos revelaron que el vínculo entre la madre y la cría influye en el ADN de esta última, sin causar mutaciones. En otras palabras, una infancia infeliz deja fuera de combate a las ratas frente al estrés a través de un mecanismo epigenético»

 

Y no sólo esto, sino que, como ya he apuntado antes, en este artículo afirman que las experiencias sociales se pueden heredar de una generación a otra a través de modificaciones epigenéticas. «En un estudio, llevado a cabo por Anthony Isles y Lawrence Wilkinson, de la Universidad de Cardiff, concluyeron que la atención de las ratas madre no solo modificaba la resistencia al estrés de las crías, sino que los cuidados, como tales se transmitían a la descendencia» (Mente y cerebro, nº 47, pág. 59) Esto, como deduciréis, si se va confirmando en estudios posteriores, tiene trascendentales consecuencias en la transmisión intergeneracional del buen trato o del mal trato.

 

Finalmente, quiero terminar afirmando que nuestro trabajo de recuperación de estos niños y sus problemas es lento y arduo, pero que lo mismo que se activan genes mediante experiencias negativas y de malos tratos, podemos ir activando otros mediante experiencias positivas y de buenos tratos. Pero como siempre digo, con paciencia y perseverancia.

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