Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

Sin emoción no hay aprendizaje, por Javier Martínez

http://www.catenaria.cl/km/newsletter/newsletter_148.htm

“Las personas olvidarán lo que dijiste, también lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo las hiciste sentir” (Maya Angelou)

¿Qué responderías si te pregunto por los acontecimientos más importantes de tu vida? Probablemente mencionarás el nacimiento de tus hijos, tu matrimonio (para algunos su divorcio), la muerte de un ser querido o alguna gran alegría. Las personas recordamos las experiencias que nos dejaron huella.
La primera conclusión es indiscutible: somos seres emocionales. La inmensa mayoría de las decisiones que tomamos están basadas en nuestras emociones, aunque posteriormente tratemos de justificarlas mediante la razón ¿Preparas una hoja excel de fortalezas y debilidades para elegir pareja? Si has asistido a un estadio de futbol o un concierto musical, habrás podido observar al ser humano actuando de forma muy poco racional. De las conferencias que suelo impartir me consta que la que más impacto causa es la que hago sobre la “actitud”, justamente porque “toca fibras” …

¿Qué es una emoción? Como no soy psicólogo, pedí ayuda a mis amigos Enrique de MoraFrancisco Espinosa e Iñaki Martinez. Emoción proviene del latín “movere” (moverse) que con el prefijo “e”, significa “movimiento hacia”. Es decir, las emociones son “lo que nos mueve, la energía para actuar” y están directamente relacionadas con la motivación (la causa del movimiento). Las emociones son nuestra reacción rápida ante posibles amenazas que se desencadenan cada vez que ocurre un cambio significativo en el entorno y se generan en la zona del cerebro llamada amígdala. Tendemos a calificar las emociones como buenas y malas (y creemos que las malas hay que evitarlas o esconderlas). Pero no son otra cosa que respuestas adaptativas que nos permiten evolucionar. Menos mal que sentimos miedo o asco, de lo contrario no habríamos sobrevivido. No podemos impedir el inicio de una emoción, pero si regular nuestra respuesta. No hay razón sin emoción previa: primero sentimos y luego le damos interpretación a eso que percibimos.
¿Cómo funcionan las emociones? En primer lugar, experimentamos sensaciones. Una sensación es la impresión que nos produce la realidad y que nos llega por medio de los sentidos. A continuación, la sensación se traduce en una emoción, es decir, una primera interpretación inconsciente que nos altera el ánimo y que puede resultar agradable o penosa. Finalmente, la emoción la filtramos a través de la razón y desemboca en un sentimiento. Primero sentimos, después pensamos y luego actuamos. La emoción dura poco, pero el sentimiento que se genera puede perdurar en el tiempo. El neurocientífico Paul MacLean explicó esta secuencia a través de la teoría de los 3 cerebros: el reptiliano (que controla la supervivencia), el límbico (que controla las emociones) y el cortex (que controla las funciones cognitivas). El psicólogo Daniel Kahneman en su libro “Pensar rápido, pensar despacio” menciona que, aunque se cree que la mente humana es racional y lógica para tomar decisiones, en realidad operan 2 sistemas: uno automático e intuitivo que funciona sin apenas control y otro lento, racional y que exige concentración. El neurólogo Antonio Damasio, defiende que la emoción está vinculada al cuerpo y el sentimiento a la mente. Es obvio que las emociones determinan nuestro comportamiento. Los seres humanos buscamos siempre el bienestar, tratamos de repetir las experiencias placenteras (alegría), evitar las que nos causan dolor y recuperar rápidamente el equilibrio. Se acepta la existencia de seis emociones básicas: miedo, ira, tristeza, sorpresa, alegría y asco. Y se habla también de emociones secundarias, que están modeladas por la cultura en la que nacemos (surgen del aprendizaje y de la socialización). Las principales emociones secundarias serían la culpa, la vergüenza, el orgullo y los celos. El psicólogo Daniel Goleman puso de moda el concepto de inteligencia emocional (la capacidad de relacionarse con eficacia con uno mismo y con los demás) al asociar el éxito profesional a factores emocionales en un porcentaje elevadísimo (hasta el 75%) mientras solo un 25% se podía atribuir a factores cognitivos. Gestionar los estados de ánimo, propios y ajenos, se empieza a valorar más que el coeficiente intelectual.

La segunda conclusión es: si somos seres emocionales, eso significa que las emociones juegan un papel crucial en el aprendizaje. Entonces ¿por qué la educación ignora el componente emocional?Durante siglos, construimos una cultura racionalista (representada por Descartes y su “pienso luego existo) que reprimió las emociones condenándolas a una segunda categoría: las emociones son muestra de debilidad y por tanto se evitan y en caso de que ocurran, se ocultan. Hoy, estamos construyendo un mundo cada vez más matemático y algorítmico (atropellados por la inteligencia artificial y la automatización) y nuestro sistema educativo se basa casi exclusivamente en el intelecto, en desarrollar capacidades académicas (con muy poca fortuna) y hace caso omiso de las emociones ¿Qué ocurre de emocionante en un aula? ¿Saben que responden los padres cuando se les pregunta qué 3 cosas consideran importante que sus hijos dominen cuando terminen el colegio? Casi exclusivamente aspectos emocionales. Este profundo desequilibrio nos está costando muy caro.
¿Por qué son importantes las emociones para aprender? Porque aprender exige recordar. El termino recordar, viene de “re” (volver a) “cordare” (corazón), o sea recordar significa “volver a pasar por el corazón”. Estoy seguro de que te acuerdas de dónde estabas cuando te enteraste del ataque a las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001. Ya comprobamos al inicio que recordamos mejor nuestras experiencias. Y de la misma forma, todo aquello que no nos deja una huella emocional difícilmente será recordado. Cualquier proceso que requiera quedar grabado en la memoria de largo plazo tendrá mayores probabilidades de éxito si logramos asociarlo a emociones. Tratar de aprender datos o conceptos de forma racional es poco eficiente. Si te pido que resuelvas una integral y no eres capaz, no importa mucho que años atrás lo pudieses hacer. Si olvidaste lo que aprendiste, entonces no lo aprendiste…
Comparto la historia del hotel y la llave para explicar cómo aprendemos las personas y no repetir la historia del restaurant de comida rápida. En 2005, impartí una conferencia en un congreso de e-learning en Córdoba (Argentina). Cuando me registré en la recepción del hotel, me entregaron una llave electrónica. Sin embargo, cuando traté de acceder a mi habitación metiendo la llave en la ranura correspondiente, no hubo manera de que abriese. Comprobé que estaba colocándola en la manera que indicaba la flecha, pero no hubo caso. Tras un buen rato de infructuosos intentos, no me quedó más remedio que bajar a la recepción para declarar mi ineptitud y explicar mi problema. Con una sonrisa, el recepcionista me dijo: “Señor, no haga caso de la fecha, está mal colocada, debe introducir la llave al revés“. Dado que aprender es recordar, les puedo asegurar que el resto de las ocasiones en que no he podido abrir la puerta de un hotel, lo primero que he hecho ha sido acordarme de aquella situación e introducir la llave al revés. De esta historia, podemos distinguir 2 momentos donde la emoción juega un papel fundamental para aprender:

1. El Detonante: El hecho de no poder abrir la puerta de mi habitación (cumplir mi objetivo) provoca una emoción (sorpresa porque mi plan para lograr mi objetivo fracasó). Y esa emoción desata un proceso imparable para entender qué está pasando y por qué fallaron mis expectativas. Ese proceso se llama APRENDER y se dispara una vez que te equivocas (tus predicciones fallan) y tratas de explicarte por qué (reflexión). No aprendemos de la experiencia, aprendemos de reflexionar sobre la experiencia, bien por mis propios medios o acudiendo a quienes tienen el conocimiento. Por tanto, dado que el estado emocional condiciona nuestro comportamiento, no parece existir mejor estrategia que “provocar” a las emociones para disparar el proceso de aprendizaje. ¿Quién hace un uso permanente de nuestras emociones? El mundo del entretenimiento capitaneado por el cine, series, teatro, novelas, videojuegos e incluso la música que usan las historias y sus conflictos como vehículos para provocar emociones (tristeza, alegría, rabia…) que difícilmente te dejan indiferente. Una película captura tu curiosidad, que es el requisito esencial para aprender, porque se ha preocupado en primer lugar de averiguar qué cosas te interesan. La curiosidad conduce a prestar atención y únicamente se puede aprender aquello que te llama la atención. Cuando algo no te interesa o puedes anticipar lo que ocurrirá (en una conversación, en clase, en una película, en un partido…) pierdes la atención y se esfuma la oportunidad de aprender. Solo mantienes dicha atención cuando no sabes lo que viene a continuación, cuando esperas una cosa y te sorprenden con otra o cuando tienes que pensar para entender algo que te preocupa. Aprendemos mejor lo diferente, lo que sobresale de la monotonía, aquello por lo que sentimos emoción (obtener una recompensa o evitar un daño). Para que haya motivación por aprender tiene que haber emoción. No a todos los niños les emociona lo mismo y por eso la uniformidad curricular es absurda. Cuando hay sorpresa, hay curiosidad, hay deseo porque el estímulo provoca mi voluntad de saber y por tanto hay acción. ¿Cuánto de lo que ocurre en un aula tiene como objetivo lo emocional? En clase, en un 90% del tiempo puedes anticipar lo que va a pasar, no habrá ninguna sorpresa. En el caso de los adolescentes, sabemos que la parte más activa de su cerebro es la emocional. Estamos obligados a averiguar qué emociona a nuestros niños y jóvenes. Y también a lograr que aprender responda a un deseo (obtener un placer) más que a un deber (cumplir una obligación). Un cerebro relajado aprende más mientras que un niño triste o estresado no está en el mejor estado para aprender. Las emociones, al igual que los músculos, se entrenan exponiéndolas a diferentes tipos de situaciones, practicando. Por esa razón, el juego es un excelente método para aprender y conectar con las emociones.

2. Almacenar la experiencia: Una vez que llego a la conclusión de que existen otras alternativas para abrir la puerta de mi habitación, almaceno esta nueva experiencia en mi memoria asociada a la emoción que la provocó. Sin embargo, el proceso de aprendizaje no está concluido y no lo estará hasta la siguiente ocasión en que me encuentre nuevamente ante una puerta que no se abre. Si olvido lo que ocurrió y me vuelve a suceder lo mismo, simplemente no aprendí. Pero si lo recuerdo (mi cerebro rescata de la memoria la experiencia en el hotel de Córdoba) y soy capaz actuar acorde a ello, significa que aprendí. Aprender consiste en acumular experiencias y reutilizarlas en el futuro. Y eso incluye experiencias positivas y negativas. Cuando una experiencia me generó alguna huella emocional profunda y soy capaz de guardarla adecuadamente, tengo muchas más posibilidades de recuperarla en el futuro cuando la necesite. Aquello que no me produjo ningún impacto, no me obligó a reflexionar, no me hizo modificar mis conexiones neuronales de forma duradera, se olvida rápidamente y tiene muy pocas posibilidades de recordarse.

Conclusiones:
“Soy un ser analítico pero emocional” (compañero de universidad).
¿Sabes qué cosas te emocionaron el año pasado, te dejaron huella? Sin emociones no hay vida. Las emociones son nuestro mecanismo de respuesta para sobrevivir. Decidimos desde la emoción, justificamos desde la razón. Las personas reaccionamos a estímulos que nos afectan y nos provocan una emoción. Esa reacción es involuntaria, automática e inevitable y la educación debiese aprovecharse en su beneficio ¿Cómo? Provocando la curiosidad, el asombro, la confusión, la incomodidad ¿Saben por qué la langosta rompe su caparazón cada vez que este le impide crecer y crea uno nuevo? El estímulo que permite que la langosta se desarrolle es que se siente incomoda con un caparazón que le oprime a medida que crece su cuerpo. Si las langostas tuviesen médicos, nunca crecerían porque en el momento de sentir dolor, recibirían un fármaco que las aliviaría, ya no necesitarían romper el caparazón y no crecerían más. Una de las mejores maneras de dejar una huella emocional es que hagas algo que te importe y que los resultados no sean los que esperabas. Cada vez que cometo un error en algo que me interesa (no se cumple mi expectativa) se desata una emoción. Y como quiero corregir ese error que me molesta y deseo que lo que no me funcionó me salga bien, entonces aprendo para lograrlo. Aprender requiere mucho esfuerzo, algo que casi siempre estás dispuesto a realizar cuando tus emociones se alteran y necesitas recuperar la estabilidad.
¿Por qué de los 2 interesantes libros que estoy leyendo, disfruto más la novela que el ensayo? La emoción siempre le gana el pulso a la razón, pero ésta, para defenderse, trata de convencernos de que las emociones son débiles e inútiles. Las dictaduras siempre han perseguido con especial ahínco a los artistas ya que los consideran altamente peligrosos por su capacidad de agitar las emociones de las personas.
Los robots carecen de emociones, no sienten, no piensan ni preguntan, no tienen ideas, no inventan chistes, no se enfadan con las injusticias ni proponen soluciones. Las máquinas acumulan toneladas de información que procesan a gran velocidad. Pero sin emoción, no hay aprendizaje.
Cada vez que pregunto “¿qué quieres para tus hijos?” la mayoría responde: “que sean felices”. La estadística demuestra que cuando se pregunta a los enfermos en su lecho de muerte “¿de qué se arrepienten?” suelen afirmar “dediqué demasiado tiempo al trabajo y poco a mis seres queridos” y al pedirles un consejo para los vivos siempre dicen: “que sean felices” ¿Cuántos niños terminan el colegio conociéndose, sabiendo quienes son y qué quieren hacer con su vida? ¿Necesitamos gente con más capacidad intelectual o más hábiles en la gestión de sus emociones? No hay duda, no somos animales racionales sino emocionales.

Neurociencia

La cognición numérica es una subdisciplina de las ciencias cognitivas que estudia las bases neurales, del desarrollo y comportamentales del uso de los números y el aprendizaje de las matemáticas. Es un campo multidisciplinar en el que participa la psicología cognitiva,

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