Anna Forés Miravalles

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MÁS ALLÁ DE LAS PAREDES DEL AULA, del gran Artur Parcerisa

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Varios movimientos educativos del siglo XX dieron mucho valor al contacto con la naturaleza para educarse (Escuela Nueva, escultismo…). Hoy en día, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, unas ciudades donde a menudo tanto la naturaleza como hábitos de la vida rural quedan muy lejos. Un artículo de Laura Lladós (revista Aula de Infantil, 96, septiembre-octubre 2018), titulado «El contacto con la naturaleza: ¿moda o necesidad?», trata del «resurgimiento a escala mundial de movimientos pedagógicos en torno a la naturaleza» como respuesta a la constatación de que «hemos desaprendido cómo debemos relacionarnos con la naturaleza, e incluso nos cuesta ver los beneficios físicos y psicológicos que esta nos aportaba». En los países nórdicos se tiene bastante presente «el derecho de todos los niños a disfrutar diariamente de la naturaleza». La autora lo ejemplifica con una red de más de 180 centros infantiles (para niños y niñas de 1-6 años) repartidos por Noruega y en una escuela concreta de esta red, la escuela infantil Kulturparken FUS barnehage, de Oslo.

En esta escuela infantil, como norma «los niños pasan al menos dos horas al día en el exterior, cada jornada independientemente de las condiciones climatológicas ya que, como reza su mantra: ‘No hay mal tiempo, sino ropa inadecuada». La excepción es cuando la temperatura o la sensación térmica son de -10 grados centígrados. «Si llueve o todo está mojado, cada uno se pone el mono impermeable y las botas de agua, si hace frío o todo está nevado, se ponen el mono para la nieve y los descansos». Cuando están listos, salen al patio a explorar. «Las criaturas más pequeñas que después de la comida necesitan hacer un rato de siesta se preparan poniéndose una especie de mono de lana, ya que en estas escuelas el rato de descanso también se realiza en el exterior. Fuera del aula hay una especie de porche con los cochecitos donde duermen las criaturas». En esta escuela, además, cada grupo de niños hace una salida una vez a la semana (a parques de la ciudad, jardines botánicos, pequeños bosques urbanos… y también a museos, teatros, auditorios…). A final de curso, los niños mayores (5-6 años) hacen una salida de dos días al bosque donde dormirán en una cabaña tradicional de los samis (población nómada escandinava).

Según la autora, guarderías y escuelas infantiles de nuestro país dan pasos en esta dirección: primero se crearon huertos escolares, ahora se hacen grandes cambios en los patios (introduciendo elementos que permitan escalar, subir, bajar, saltar, ocultar, descubrir…) y los equipos docentes se forman en la creación de espacios exteriores. Se está pasando de «ver el espacio exterior como un lugar ‘de recreo’ a considerarlo una zona educativa». De salidas todavía se hacen pocas pero hay cambios, como, por ejemplo, que «muchas guarderías ya están jubilando las típicas cuerdecitas que se utilizaban en las salidas con los niños más pequeños. Ahora observamos criaturas que caminan libremente, cogidas de las manos de sus compañeros y compañeras (…) y, con las manos libres de cuerdas, los podemos ver con lupas tratando de encontrar alguna hormiguita, tocando el agua que baja por un arroyo, haciendo carreras por el césped, cogiendo bastones… (…). En definitiva, disfrutando en libertad de los espacios naturales que les ofrece la ciudad, con la certeza de que tienen la confianza de la maestra que los acompaña para poder actuar, decidir, pensar y probar».

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