Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

Afirmadores de vida

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el primer seminari amb el Carlos Skliar

Una de les moltes coses que em van fer reflexionar va ser l’expressió els Mestres haurien de ser Afirmadors de Vida,

Un tema que en resiliència ja ho tenia clar, amb expressions de Jollien o Tim Guénard que afirmen que tot procés de resiliència comença amb un SI a la VIDA.

Carlos Skliar ho planteja des de la perspectiva d’afirmar la vida de l’altre, dotar de possibilitat a l’altre, veure a l’altre, sigui qui sigui aquest altre.

L’acte d’ensenyar comença amb el reconeixement de l’altre.

Primera escena: ENSEÑAR.

Jacques Derrida dejó una pregunta, quizá para ser descifrada después, unos pocos días antes de morir: “¿Se puede enseñar a vivir?” [1]. Cualquier respuesta será insuficiente, deficiente, incapaz de sí o no o tal vez. Pero en cualquier caso depende de cómo suene ese ‘enseñar a vivir’. Porque bien podría resonar poniendo en primer lugar la figura agigantada de ese ‘yo’ que enseña, de ese ‘yo’ que explica, de ese ‘yo’ que sabe, de ese ‘yo’ que instruye y que se naturaliza como siendo imprescindible.

Pues bien: enseñar a vivir quizá signifique renunciar de plano a todo aquello que huele al ‘yo’ como impostura, como amenaza, como aquello que se ofrece pero cuya palabra no se retira jamás: “Enseñar a vivir –escribe Graciela Frigerio- (…) renunciando a la soberbia del ‘yo te voy a enseñar’. Fórmula que siempre trae velada una amenaza y anuncia la dependencia como condición de la relación, porque presupone, da a entender que sin uno, el otro nunca aprendería”. [2]

La amenaza no enseña sino a temblar. El miedo no ofrece sino deseos de retirada. La dependencia provoca la mayor de las desigualdades. Lo que se enseña bien podría partir desde cualquier lugar, desde cualquier enseñante, a partir de cualquier ‘mostrante’. Si hay un dibujo del enseñar, bien podría ser éste: alguien, algo, indica hacia otro alguien, hacia otro algo. Alguien es cualquiera que desea mostrar algo. Algo es, por ejemplo, un libro, un texto, un fragmento, una palabra, un juego, una conversación, un asunto, una música, un silencio, un movimiento, la escritura, el tiempo, la acción, la memoria. La indicación es un gesto, quizá suave, quizá no demasiado exagerado, tenue, en fin, indicativo, performativo. Alguien ve, ve el gesto de alguien hacia algo, escucha, toca, palpa, piensa, lee, escriba, percibe, imagina.  Y es en ese sentido que la presencia de quien indica, enseña.  Y esa presencia puede volverse difusa, ir desapareciendo poco a poco, quitarse de la fórmula rígida de esperar que lo que se aprenda sea la relación entre el alguien que apunta y la cosa apuntada. Lo que se aprende es, siempre, la relación de lo que ya fuera apuntado y lo que hacemos, después, con ello. Aprender es la relación que sostiene otro alguien con ello


[1] Jacques Derrida. Aprender (por fin) a vivir. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2007.

[2] Graciela Frigerio. Acerca de lo inenseñable, en Carlos Skliar & Graciela Frigerio (ed.): Huellas de Derrida. Ensayos pedagógicos no solicitados, Buenos Aires: Del Estante Editorial, 2006, pág. 140.

Per seguir llegint

(Carlos Skliar, ‘Lo dicho, lo escrito, lo ignorado’, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2011, ).  

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