Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

Tus neuronas colaboran (y no abandonan tu cerebro)

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Javier Martínez AldanondoSocio at javiermartinezaldanondo.com

Varias veces he contado una anécdota que me sucedió hace más de 20 años, durante una visita a casa de mis padres en San Sebastián mientras vivía en Barcelona. Mi abuela materna (que en ese momento tenía unos 90 años) me hizo una pregunta aparentemente inofensiva cuando me vio sentado en la cama tecleando en el portátil. “¿Qué estás haciendo?” me consultó. “Estoy trabajando, amona” (abuela en vasco) le contesté. “Ah, es que vosotros trabajáis con la cabeza” Para ella, el concepto de trabajo estaba directamente relacionado con lo que había vivido: el cultivo de la tierra y la cría de animales en el caserío, donde las jornadas venían marcadas por el clima (de sol a sol) y la fuerza física y la alimentación tenían una importancia capital. Hace décadas que habitamos la era del conocimiento y el aprendizaje. Tu herramienta de trabajo es tu cerebro. La materia gris y la potencia intelectual sustituyeron a las materias primas y a los músculos. Es justamente porque estamos inmersos en una economía de intangibles que hemos podido mantener la actividad durante los ya eternos 9 meses de pandemia, mientras nuestros átomos estaban confinados en casa. La tecnología (que es nuestro conocimiento más sofisticado) nos lo ha permitido. He tenido la fortuna de impartir más conferencias y talleres que nunca, sin moverme del salón.

Ahora bien, los seres humanos somos perezosos por naturaleza ya que nos jugamos la existencia en ello. Y la explicación es muy simple: cualquier acto en nuestra vida supone gasto de energía. Para recuperarla, debes nuevamente invertir más energía en conseguir alimento que reponga la energía gastada. El cerebro supone el 2% del peso corporal, pero consume el 20% de nuestra energía. Hay dos elementos sin los que no podemos vivir, uno es el oxígeno que afortunadamente está disponible sin que nosotros tengamos que hacer nada. El otro es la comida, pero en este caso, para procurarnos alimentos, estamos obligados a actuar (es la tarea que ocupa la mayor parte de la vida del resto de seres vivos). Por esa razón, nuestro cerebro ahorra esfuerzos y en la medida de lo posible, juega un papel conservador, defensivo: trata de cuidar las reservas por si después resulta difícil encontrar comestibles. Eso justifica porqué la humanidad siempre desarrolló tecnología para que otros hicieran lo que nosotros no queríamos hacer: primero utilizamos a los animales y después construimos máquinas para sustituir nuestros músculos. Hoy desarrollamos inteligencia artificial, es decir software, para sustituir tareas cerebrales. Los intangibles al poder.

En esa obsesión por el ahorro, una de las principales características del cerebro es que es un órgano predictor. Busca reducir la incertidumbre y los riesgos anticipándose a lo que puede suceder para evitar sorpresas y mantenernos a salvo. Para ello, siempre reutiliza lo que sabe y por eso resulta crítico ser consciente. Es el juego del conocimiento y el aprendizaje: usar lo que ya sabemos que ocurrió en el pasado para prepararnos para el futuro y en el caso de que lo que sucede sea nuevo, aprenderlo para convertirlo en conocimiento que podamos usar la próxima vez. Nuestro cerebro tiene como objetivo asegurar nuestra supervivencia al menor costo. La primera vez que leí sobre el cerebro como predictor fue hace más de 15 años en el libro On Intelligence. No es sorpresa que esa misma sea la promesa que nos ofrece la inteligencia artificial: predecir el futuro a partir de la explotación de inmensas cantidades de datos del pasado. Por eso hay tanta insistencia con que “los datos son el nuevo petróleo, quien tenga más datos, ganará”. Los algoritmos de aprendizaje procesan esos datos para proveernos información que asegura mejores decisiones. Sin embargo, está visión pasa por alto dos detalles fundamentales: Puedes disponer de toneladas de datos y procesarlos instantáneamente pero el análisis para tomar buenas decisiones exige capacidades intrínsecamente humanas como el entendimiento, habilidad para imaginar, sopesar las consecuencias, conciencia ética, intuición o improvisación, algo que las máquinas están todavía muy lejos de desplegar. Además, el futuro cada vez resulta más impredecible y se parece menos al pasado, con lo que basarse en comportamientos previos para prometer conductas futuras es altamente arriesgado. Cuando careces de datos históricos, es muy poco lo que puedes anticipar y la pandemia del covid es un claro ejemplo de ello.

¿Por qué las personas somos inteligentes y nuestros cerebros son tan eficientes en el proceso de gestionar el conocimiento y aprender? Porque cada vez que aprendemos algo, las neuronas de nuestro cerebro se conectan entre si formando sinapsis. Un cerebro de neuronas desconectadas es inútil. Lo que aprendemos (nuestro conocimiento) reside en la memoria que está formada por esas conexiones que establecen las neuronas.  Pero la memoria no es un “lugar” sino un “estado”. Lo que aprendemos no se guarda en ningún sitio físico, sino que es una red que se activa en el cerebro cuando lo necesito para hacer algo (como una luz que se enciende y se apaga). Cada vez que repetimos ese algo que aprendimos, usamos esa conexión que al mismo tiempo se va reforzando. Has aprendido cuando puedes volver a reproducir esa conexión cada vez que lo requieres. Por eso, si no eres capaz de recordar cómo resolver una integral, entonces no aprendiste.

De aquí podemos derivar varias conclusiones: la primera es que la unidad fundamental en el aprendizaje no es la neurona sino la conexión entre neuronas. Una neurona por sí misma no tiene gran valor y de hecho, si no se conecta con otras, no sobrevive. En la naturaleza, ninguna especie puede sobrevivir si sus integrantes no colaboran, aunque sea para procrear. Por eso, aunque tenemos un cerebro parecido al que teníamos cuando nacimos (en número de neuronas), tenemos una mente muy distinta ya que, a lo largo de nuestra vida, los 86 mil millones de neuronas se han ido conectando entre si cada vez que aprendimos algo. El conocimiento no es un acto individual, ninguna neurona particular lo tiene, sino que es una red, un flujo dinámico que cambia continuamente. El fenómeno de aprender por tanto se basa en la colaboración entre neuronas. De hecho, el cuerpo humano es el resultado de la colaboración de 37,2 trillones de células que nos permiten vivir.

Además, esas neuronas no abandonan tu cerebro cuando te vas a dormir, sino que siguen contigo cada mañana cuando te despiertas. Si, es verdad que algunas neuronas van muriendo, pero proporcionalmente, esa cantidad es mínima y además el resto de las neuronas se reconfigura y suple a las que van desapareciendo. Gracias a eso, puedes seguir aprendiendo toda la vida, mantienes tu identidad y salvo accidente, no pierdes tu conocimiento entendido como experiencia que permite decidir y actuar (lo que olvidas generalmente es la información que es una cosa totalmente distinta). Por tanto, los elementos clave que te permiten aprender y actuar permanecen toda la vida contigo, no necesitas preocuparte de retenerlos.

¿Qué extrapolación podemos hacer en relación con las organizaciones? En primer lugar, si el aprendizaje en el individuo ocurre cuando se conectan las neuronas, el aprendizaje en las organizaciones sucede cuando se conectan las personas. Y si no se conectan, si la densidad de sus interacciones es débil, entonces la empresa no aprende, no importa lo potentes que sean los individuos (es como un equipo de excelentes jugadores que no se pasan la pelota). El aprendizaje organizacional reside en la red de relaciones y depende del intercambio de conocimiento. El gráfico 4 de este artículo de Mckinsey sobre organizaciones ágiles confirma que según los directivos, los silos y la falta de colaboración son la principal barrera para llevar a cabo el trabajo.

Además, aunque rara vez lo pensamos así, todas las organizaciones tienen vocación de permanencia en el tiempo. Sin embargo, sus integrantes al contrario que las neuronas de tu cerebro abandonan las empresas cada vez más rápido. Este aspecto es decisivo porque si reconocemos que el conocimiento lo tiene cada individuo en su cabeza y lo construye con sus compañeros, entonces el activo más importante de una empresa no es de su propiedad. Cada tarde, cuando los integrantes de la organización se marchan a su casa, el valor de esa empresa se desploma y solo se vuelve a recuperar al día siguiente cuando esas mismas personas (y no otras) regresan a trabajar y ponen su conocimiento a disposición de los objetivos de la organización. El desafió es colosal ¿Cómo asegurar que la empresa mantiene la identidad, la capacidad de aprender y gestionar el conocimiento cuando los individuos, que son los que atesoran ese conocimiento y aprenden, van y vienen a su antojo llevándose consigo toda su experiencia y capital intelectual? ¿y qué sucede con aquellas empresas que tienen problemas para atraer “talento”? ¿tal vez el secreto radica en crear un “estilo de juego”, una forma de hacer las cosas independiente de las personas? ¿o en automatizar todos los procesos para no depender de nadie en particular?

Todo lo que la humanidad ha conseguido a lo largo de la historia se debe a la capacidad de las personas de colaborar. La cultura no es otra cosa que el cerebro colectivo trabajando y produciendo conocimiento. Sin embargo, el ecosistema del SXXI es eminentemente competitivo, nos hemos vuelto individualistas. En columnas previas insistimos en que el hombre nace generoso y empático, pero lo educamos para ser egoísta. Es cierto que el instinto nos lleva impulsivamente hacia lo individual: en caso de peligro, tu primera reacción (en realidad la de tu cerebro inconsciente) es preocuparse de tu supervivencia, ya sea seguridad, refugio, comida, etc. Es un mecanismo de autodefensa natural que emerge como reacción a las amenazas. Por eso mismo necesitamos complementar el instinto con el conocimiento, con la razón que es la que nos conduce a lo colectivo. La reflexión nos permite entender que ya no vivimos en riesgo como hace 100 mil años, al contrario, disfrutamos de abundancia de conocimiento. Si compartimos, ganamos todos mientras que si prima la competencia donde cada cuál lucha por su propio beneficio, entonces unos pocos ganan y otros pierden y podemos estar seguros de que el conflicto no tardará en aparecer.

Conclusiones: En tu cerebro, las neuronas colaboran o mueren y dicha cooperación es la que te permite ser inteligente. En las empresas y en la sociedad, se compite buscando el interés propio, pero no por maldad o porque genéticamente estemos programados para ello sino porque hemos diseñado un modelo que se sustenta en rivalizar y derrotar a los competidores. Por eso el problema no son los individuos sino la individualización del trabajo a la que los sometemos. Tenemos a los mejores individuos de la historia, porque nos aprovechamos de todo el conocimiento acumulado por las generaciones anteriores. No necesitamos potenciar más al individuo, sino que tenemos que potenciar el colectivo que hemos ido perdiendo. Eso implica derribar los muros físicos y mentales que separan a las personas.

La colaboración es la única salida. El futuro es cada vez más incierto. Si en el pasado podías tener un mínimo grado de control sobre tu destino, hoy es el mundo el que te controla a ti. Los principales desafíos planetarios son cada vez más complejos (cambio climático, desigualdad, automatización, etc.) y el conocimiento caduca casi a diario por lo que ningún individuo dispone de todo el stock de conocimiento para resolverlos. El covid nos recuerda y nos demuestra que este tipo de problemas solo se resuelven mediante la colaboración de todos los países, la vacuna de Oxford es otro ejemplo más. Innovar exige colaborar para combinar conocimientos. Solo nos queda sumar nuestro conocimiento al de otros o, como en el caso de las neuronas aisladas, no viviremos para contarlo. Por eso mismo, con cuantas más personas te conectas, más posibilidades tienes de aprender igual que hacen tus neuronas. La inteligencia colectiva solo tiene lugar cuando se comparte conocimiento.

Soy consciente de que recibiré no pocos reproches, pero el liderazgo es, en muchas ocasiones, un obstáculo para la colaboración. Las organizaciones actuales siguen siendo jerárquicas y reproducen la misma pirámide vertical de siempre donde el poder se concentra en pocas manos. El paradigma del liderazgo, unánimemente alabado (sobre todo por directivos y escuelas de negocio) representa una manera inteligente de mantener encubierto un modelo donde unos elegidos mantienen una serie de prerrogativas y privilegios: los líderes acumulan casi toda la responsabilidad sobre la estrategia, la recompensa por los resultados y en definitiva el poder. Se continúa legitimando el eterno sistema en que algunos piensan y deciden y el resto obedece y ejecuta. Algo descabellado en un mundo que transita hacia organizaciones ágiles, planas, horizontales, transparentes y colaborativas en las que la responsabilidad se comparte y se distribuye. Solo las organizaciones que logran que sus integrantes colaboren y permanezcan, son capaces de conservar su identidad, aprender y asegurarse la supervivencia. Quizás no tardemos en ver algo como esto:  Una película de Netflix, dirigida por Amazon y escrita por HBO.

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