Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant

Tres deseos para la educación por Javier Martínez Aldanondo

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Para transformar la educación, no basta señalar lo que no funciona ni lo que hay que dejar de hacer. Se necesita proponer ideas y aportar soluciones. Sospechosamente, se ha impuesto la tesis de que necesitamos más vocaciones científicas y tecnológicas, asistimos al reinado del STEM. Yo opino distinto. Cuanto más sepas de números, más riesgos tienes de ser automatizado porque todo lo que sea matemáticamente posible, será real. Mientras que cuanto más sepas de relaciones (contigo mismo, con colegas de equipo, con clientes, con proveedores, con vecinos…) menos riesgos corres y más auspicioso será tu futuro.

El objetivo de la educación consiste en ayudarte a comprender un mundo en el que tendrás que moverte con agilidad. Y claro, el mundo no cabe en un aula. Tienes que experimentarlo. Si el genio de la lámpara me otorgase 3 deseos para mejorar la educación, mi respuesta sería que, al finalizar su etapa educativa, todos los jóvenes dominen 3 ámbitos: 1. Conocerse a sí mismos, 2. Relacionarse con otros y 3. Ser expertos en aprendizaje.

1. Conocerse a ti mismo. “De todos los conocimientos posibles, el más sabio y útil es conocerse a sí mismo” (William Shakespeare). Nada nuevo. El aforismo griego “conócete a ti mismo” figuraba en el templo de Apolo en Delfos. El autoconocimiento es la tarea más compleja a la que nos enfrentamos ya que no termina nunca. Tu cerebro (hardware) y tu mente (software) son tus principales herramientas. Más te vale entenderlas bien para sacarles el máximo rendimiento posible. Tu vida depende de ello. Ser consciente de cómo eres y cómo piensas es capital, pero somos muy poco conscientes de ello. No puedes mejorar lo que no conoces. Conocerte a ti mismo para diseñarte a ti mismo y llegar a ser quien quieres ser…

El aprendizaje sucede desde dentro hacia fuera y no al revés. Lo más importante en la educación no es el profesor igual que lo más importante en la salud no es el médico. La clave eres tú. Solo podemos contribuir a la educación de una persona si somos capaces de despertar su curiosidad, de encontrar sus intereses. La motivación funciona como el motor que te empuja y para ello resulta crítico auto conocerse. La gestión de uno mismo demanda desarrollar habilidades de pensamiento profundo que comienzan al formularse algunas preguntas esenciales:

¿Quién soy, cómo soy y porque soy como soy, en qué creo, quién y qué quiero ser o hacer de mi vida y por qué, hasta donde estoy dispuesto a llegar…?

Si las cosas importantes surgen de dentro, entonces con más razón te tienes que conocer a ti mismo: qué te gusta, te mueve y te llama la atención, con qué tienes dificultades. Necesitas conocerte para definir lo que quieres, lo que no, lo que necesitas mejorar, lo que ya haces bien o lo que te falta. Importa poco que termines el colegio o la universidad sacando excelentes notas si desconoces lo qué te interesa, lo qué te preocupa o lo que te da miedo ¿eres capaz de autocontrolarte, desconectarte, no rendirte antes las dificultades o focalizar tu atención? Importan poco las respuestas memorizadas a preguntas que no son tuyas cuando no tienes respuestas a las preguntas importantes. Sobre todo, importa lo que sabes y no sabes de ti mismo.

Para que una persona pueda preguntarse lo que quiere ser y hacer en la vida, necesita vivir experiencias, cuantas más y más variadas mejor y ojalá repletas de tropezones. El sistema educativo te proporciona experiencias ceñidas a las 4 paredes de un aula y narradas por profesores que conocen lo que es ser profesor, pero no pueden saber lo que es ser periodista, enfermera, policía, política, empresaria, peluquero o empleado de call center. Para diseñar tus futuros posibles, la imaginación se convierte en una habilidad fundamental que el sistema educativo menosprecia. Mis hijos me demostraron que todos los niños nacen con una gran capacidad de imaginar que el colegio va domesticando como al animal al que se castran sus instintos naturales para acomodarlo a un modelo controlable. Aprender en el colegio implica demostrar capacidad de tragar información sentado en una silla. La educación que necesitamos tiene que ayudarte a que seas lo que puedes y lo que quieras ser.

Si creemos a Walter Scott (“La parte más importante de la educación del hombre es aquella que él mismo se da”), entonces, un alumno se forja a sí mismo y el mejor maestro (no el único) siempre eres tú: Eres quien experimenta, quien se hace las preguntas, quien busca la información, quien filtra lo que recibe y lo aplica… La educación no se termina en ti, pero empieza por ti. Es un proceso personal e intransferible que resulta más eficiente con ayuda de otros. El ser humano es colectivo, no puede nacer, crecer ni desarrollarse solo.

También es esencial conocerse a sí mismo como mecanismo de autodefensa: las máquinas (a través de los datos que recopilan de todos tus movimientos) ya te conocen y van a tratar de influir en tus decisiones, de condicionar tus próximas acciones. Desde el momento en que recogen información sobre todo lo que haces, pueden predecir lo que harás y manipularte para que hagas lo que quieren…

Finalmente, es obligado referirse a la autoestima. He conocido demasiada gente con dificultades para “quererse a sí mismos”, muchos por defecto, otros por exceso. La autoestima es un proceso de aceptación que implica asumir que cada uno es diferente de los demás: no eres menos que nadie, pero tampoco eres más. Y eso obliga a manejar inteligentemente ese delicado equilibrio entre el ego y el sentimiento de inferioridad. Muchas personas pierden la posibilidad de vivir vidas mejores porque no se valoran lo suficiente, funcionan desde el miedo y no se atreven a intentarlo (y nunca descubren de lo que hubiesen sido capaces) ya que sus creencias limitantes los paralizan. La seguridad en uno mismo se desarrolla, pero no se enseña.

2. Relacionarte con otros: Cuando en el punto anterior me referí a “Quién soy” no hablaba solo como individuo sino también en relación con los demás. La educación tiene sentido únicamente si nos ayuda a sacar lo mejor de uno mismo, pero también de todos.

Comparto una historia. “Una estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba la primera señal de civilización en una cultura. La estudiante esperaba que la antropóloga hablara de anzuelos, cuencos de arcilla o piedras para afilar, pero Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua es la prueba de una persona con un fémur roto y curado. Mead explicó que, en el resto del reino animal, si te rompes la pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a beber agua o cazar para alimentarte. Te conviertes en carne fresca para los depredadores. Ningún animal sobrevive a una pata rota el tiempo suficiente para que el hueso sane. Un fémur roto que se curó es la prueba de que alguien se tomó el tiempo para quedarse con el que cayó, curó la lesión, puso a la persona a salvo y la cuidó hasta que se recuperó. Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización, explicó Mead”.

Gestionar la relación con terceros tiene como objetivo principal colaborar. Colaborar consiste en ayudar y pedir ayuda, se basa en compartir lo más valioso que tenemos: nuestro conocimiento. Se trata de recuperar la comunidad, de transitar de la sobrevalorada inteligencia individual a la colectiva. Cuando Newton hablaba estar “subidos sobre hombros de gigantes”, simplemente reconocía que si nuestra civilización ha llegado hasta aquí es gracias a los conocimientos que nos regalaron las generaciones anteriores. Me he referido a la colaboración y su impacto (no solo en el pasado sino en el futuro) en numerosas ocasiones. De hecho, el secreto que explica nuestra inteligencia es la capacidad que despliegan nuestras neuronas de colaborar en lugar de competir.

¿Por qué es crucial gestionar inteligentemente nuestros vínculos? Los desafíos que nos acechan, sea el cambio climático, la automatización o la desigualdad, son inabordables sin la colaboración mundial ¿Te imaginas que cada país hubiese tenido que desarrollar su propia vacuna para el coronavirus? Afortunadamente, la tarea se abordó como un ejercicio colaborativo que ha exigido crear y compartir nuevo conocimiento entre miles de científicos de todo el planeta.

En el mundo actual no puedes hacer nada tú solo por 2 circunstancias que todos estamos sufriendo: 1. Los problemas tienen tal grado de complejidad que no tienes todo el conocimiento que se necesita para enfrentarlos (nadie lo tiene ya que nadie sabe más que todo el mundo). 2. El mundo cambia tan velozmente que el conocimiento caduca cada vez más rápido y nadie es capaz de aprender todo lo que hace falta a ese ritmo tan frenético. En resumen, todos necesitamos de todos, nadie se puede valer por sí mismo y para ello, es imprescindible establecer y mimar las relaciones con los demás. Las principales capacidades para administrar el mapa de relaciones tienen al lenguaje como vehículo: comunicar, negociar, resolver conflictos, influir, aceptar las ideas de otros y renunciar a las tuyas, reconocer, empatizar… Y en la base, para desplegar dichas capacidades, encontramos a las habilidades de toda la vida: hablar, escuchar, leer, escribir, preguntar. Por si no lo queríamos admitir, las habilidades de relación se sitúan al menos al mismo nivel que las de análisis o razonamiento. No es casualidad que las principales empresas del mundo (que además son tecnológicas) afirmen que la empatía es la habilidad del futuro (Google) o que el libro de del Director General de Microsoft mencione la empatía 53 veces ¿Dónde las aprendemos? El sistema educativo se desentiende de ellas lo que obliga a que cada uno se las arregle como pueda.

3. Expertos en aprendizaje. Tampoco es casualidad que uno de los más reconocidos intelectuales y la principal consultora coincidan en que la habilidad más importante es aprender. Si aceptamos que mundo cambia continuamente, entonces ningún aula puede prepararnos para siempre. El aprendizaje a lo largo de la vida se convierte en nuestra prioridad. Podríamos denominarlo el síndrome del explorador que no puede parar de aprender.

Es cuando menos contradictorio pedir a los alumnos que aprendan, pero no enseñarles estrategias sobre cómo aprender y dominar ese proceso. Afortunadamente, todos somos expertos en aprendizaje: los seres humanos fuimos diseñados para aprender, aunque la educación ha traicionado esa inclinación natural imponiendo un modelo artificial. Aprender es sinónimo de transmitir conocimiento que ya existe a través del entrenamiento y mediante cursos. Pero para un mundo cambiante que devora conocimiento, el aprendizaje que necesitamos consiste en crear nuevo conocimiento que surge de enfrentar problemas inesperados e imprevisibles. Nuestros hijos quieren aprender, lo que detestan es estudiar. El colegio fue diseñado para enseñar y no para aprender. Hemos domesticado a los niños al punto que esperan que alguien les diga qué aprender y cómo. Enseñar implica que el protagonista es el que sabe. Aprender exige reconocer que el protagonista es el que aprende. No se puede enseñar “quien soy”, lo debe experimentar cada uno ¿Qué preguntas necesitamos respondernos para diseñar nuestra trayectoria de aprendizaje?

·       Qué aprender y para qué: Lo más importante es aprender a vivir. Cuando te preguntas “Quién soy”, en la respuesta aparece implícito lo que debes aprender para llegar a serlo. Solo puedes responder “Qué necesito aprender” si tienes claros tus objetivos, tu norte, lo que te inspira, algo que la educación desprecia.

·       Cómo aprender: Nuestros hijos no saben aprender ni como se aprende. Cada vez que hago un taller sobre aprendizaje, pregunto a los participantes cuál es la mejor manera de aprender. El 95% no son pedagogos ni neurocientíficos y responden invariablemente “haciendo”. El error, la reflexión posterior y las preguntas aparecen como elementos primordiales. Si aprender es un proceso emocional, todo empieza con algo que te emociona a ti.

·       Cuando aprender: Aprendes sobre todo cuando lo necesitas y no cuando lo prescribe el calendario. Aprender es como el hambre, de hecho, aprender requiere tener hambre de conocimiento. No puedes tener hambre cuando otros te lo ordenan. El sistema educativo quiere que comas cosas que no te gustan y cuando no tienes hambre.

·       Dónde aprender: No necesariamente en un aula o un curso (nadie necesitó un curso para aprender sobre covid). El mundo es el mejor laboratorio de aprendizaje.

·       De quién y con quién aprender: La humildad es el principal facilitador del aprendizaje (y la soberbia su principal obstáculo). Se puede aprender de cualquier persona, no hay nadie de quien no puedas aprender algo lo que significa que todos tenemos algún conocimiento valioso para el resto.

De nuevo, hablamos de ser conscientes de que la principal habilidad en tu vida es aprender: saber cómo aprender y tener como prioridad que siempre debes estar aprendiendo. Toni Nadal repite en todas las entrevistas que el principal talento de una persona es su capacidad de aprender. Pero el concepto anglosajón de Learnability se queda corto: no basta con la capacidad de aprender (todos la tenemos) sino de  enamorarnos del aprendizaje, experimentarlo y convertirlo en tu leitmotiv.

Conclusiones:

Gracias a la pandemia, hemos tenido tiempo para reflexionar y ojalá para aprender algo de nosotros mismos. Lo que de verdad debiésemos esperar de la educación es que nos ayude a conocernos mejor (quien soy y hacia dónde voy), a relacionarnos con otros, a convertirnos en expertos en aprender y hacernos cargo de nuestro propio aprendizaje. Es decir, tienes que ponerte ante el espejo y asumir que tal vez no te guste lo que veas. En determinados momentos puede que necesites saber de física o de gramática, pero lo que es seguro es que tendrás que lidiar contigo mismo todos los días de tu existencia. Debemos poner el énfasis en habilidades transversales y atemporales:  autoconocimiento (inteligencia vocacional), relacionarnos con otros (inteligencia social), gestionar emociones propias y ajenas (inteligencia emocional), planificar objetivos (inteligencia estratégica) y principios éticos y valores (inteligencia espiritual). Si el futuro depende de aprender, entonces pertenece a las personas más que a las máquinas. Nosotros decidimos el “Qué” y dejamos a las máquinas que resuelvan el “Cómo”.

Todos los países establecen un examen de acceso a la universidad para condicionar lo qué pueden estudiar los jóvenes que terminan la educación secundaria. Es hora de eliminar ese requisito caprichoso e inútil. En su lugar, lo que debiésemos solicitar a cada adolescente es que presente un proyecto de lo que quiere ser: un plan en que explique qué quiere hacer, por qué y cómo tiene previsto lograrlo (aunque después lo cambie un millón de veces). El rol de los profesores es acompañarlos en su elaboración. Para eso, el colegio te tiene que ofrecer la posibilidad de conocer todas las posibles opciones a las que podrías dedicar tu vida ¿Qué significa ser músico profesional, fotógrafa, chef o consultor? La buena noticia es que nuestro cerebro nunca deja de cambiar mientras estamos vivos y, por lo tanto, siempre podemos aprender. No nacemos solo una vez (cuando nos alumbran) sino muchas. Necesitamos pasar de ser una página en blanco en la que otros escriben a ser nosotros los autores de nuestro propio relato.

“Sin desviarse de la norma, el progreso es imposible” (Frank Zappa).

Para transformar la educación, no basta señalar lo que no funciona ni lo que hay que dejar de hacer. Se necesita proponer ideas y aportar soluciones. Sospechosamente, se ha impuesto la tesis de que necesitamos más vocaciones científicas y tecnológicas, asistimos al reinado del STEM. Yo opino distinto. Cuanto más sepas de números, más riesgos tienes de ser automatizado porque todo lo que sea matemáticamente posible, será real. Mientras que cuanto más sepas de relaciones (contigo mismo, con colegas de equipo, con clientes, con proveedores, con vecinos…) menos riesgos corres y más auspicioso será tu futuro.

El objetivo de la educación consiste en ayudarte a comprender un mundo en el que tendrás que moverte con agilidad. Y claro, el mundo no cabe en un aula. Tienes que experimentarlo. Si el genio de la lámpara me otorgase 3 deseos para mejorar la educación, mi respuesta sería que, al finalizar su etapa educativa, todos los jóvenes dominen 3 ámbitos: 1. Conocerse a sí mismos, 2. Relacionarse con otros y 3. Ser expertos en aprendizaje.

1. Conocerse a ti mismo. “De todos los conocimientos posibles, el más sabio y útil es conocerse a sí mismo” (William Shakespeare). Nada nuevo. El aforismo griego “conócete a ti mismo” figuraba en el templo de Apolo en Delfos. El autoconocimiento es la tarea más compleja a la que nos enfrentamos ya que no termina nunca. Tu cerebro (hardware) y tu mente (software) son tus principales herramientas. Más te vale entenderlas bien para sacarles el máximo rendimiento posible. Tu vida depende de ello. Ser consciente de cómo eres y cómo piensas es capital, pero somos muy poco conscientes de ello. No puedes mejorar lo que no conoces. Conocerte a ti mismo para diseñarte a ti mismo y llegar a ser quien quieres ser…

El aprendizaje sucede desde dentro hacia fuera y no al revés. Lo más importante en la educación no es el profesor igual que lo más importante en la salud no es el médico. La clave eres tú. Solo podemos contribuir a la educación de una persona si somos capaces de despertar su curiosidad, de encontrar sus intereses. La motivación funciona como el motor que te empuja y para ello resulta crítico auto conocerse. La gestión de uno mismo demanda desarrollar habilidades de pensamiento profundo que comienzan al formularse algunas preguntas esenciales:

¿Quién soy, cómo soy y porque soy como soy, en qué creo, quién y qué quiero ser o hacer de mi vida y por qué, hasta donde estoy dispuesto a llegar…?

Si las cosas importantes surgen de dentro, entonces con más razón te tienes que conocer a ti mismo: qué te gusta, te mueve y te llama la atención, con qué tienes dificultades. Necesitas conocerte para definir lo que quieres, lo que no, lo que necesitas mejorar, lo que ya haces bien o lo que te falta. Importa poco que termines el colegio o la universidad sacando excelentes notas si desconoces lo qué te interesa, lo qué te preocupa o lo que te da miedo ¿eres capaz de autocontrolarte, desconectarte, no rendirte antes las dificultades o focalizar tu atención? Importan poco las respuestas memorizadas a preguntas que no son tuyas cuando no tienes respuestas a las preguntas importantes. Sobre todo, importa lo que sabes y no sabes de ti mismo.

Para que una persona pueda preguntarse lo que quiere ser y hacer en la vida, necesita vivir experiencias, cuantas más y más variadas mejor y ojalá repletas de tropezones. El sistema educativo te proporciona experiencias ceñidas a las 4 paredes de un aula y narradas por profesores que conocen lo que es ser profesor, pero no pueden saber lo que es ser periodista, enfermera, policía, política, empresaria, peluquero o empleado de call center. Para diseñar tus futuros posibles, la imaginación se convierte en una habilidad fundamental que el sistema educativo menosprecia. Mis hijos me demostraron que todos los niños nacen con una gran capacidad de imaginar que el colegio va domesticando como al animal al que se castran sus instintos naturales para acomodarlo a un modelo controlable. Aprender en el colegio implica demostrar capacidad de tragar información sentado en una silla. La educación que necesitamos tiene que ayudarte a que seas lo que puedes y lo que quieras ser.

Si creemos a Walter Scott (“La parte más importante de la educación del hombre es aquella que él mismo se da”), entonces, un alumno se forja a sí mismo y el mejor maestro (no el único) siempre eres tú: Eres quien experimenta, quien se hace las preguntas, quien busca la información, quien filtra lo que recibe y lo aplica… La educación no se termina en ti, pero empieza por ti. Es un proceso personal e intransferible que resulta más eficiente con ayuda de otros. El ser humano es colectivo, no puede nacer, crecer ni desarrollarse solo.

También es esencial conocerse a sí mismo como mecanismo de autodefensa: las máquinas (a través de los datos que recopilan de todos tus movimientos) ya te conocen y van a tratar de influir en tus decisiones, de condicionar tus próximas acciones. Desde el momento en que recogen información sobre todo lo que haces, pueden predecir lo que harás y manipularte para que hagas lo que quieren…

Finalmente, es obligado referirse a la autoestima. He conocido demasiada gente con dificultades para “quererse a sí mismos”, muchos por defecto, otros por exceso. La autoestima es un proceso de aceptación que implica asumir que cada uno es diferente de los demás: no eres menos que nadie, pero tampoco eres más. Y eso obliga a manejar inteligentemente ese delicado equilibrio entre el ego y el sentimiento de inferioridad. Muchas personas pierden la posibilidad de vivir vidas mejores porque no se valoran lo suficiente, funcionan desde el miedo y no se atreven a intentarlo (y nunca descubren de lo que hubiesen sido capaces) ya que sus creencias limitantes los paralizan. La seguridad en uno mismo se desarrolla, pero no se enseña.

2. Relacionarte con otros: Cuando en el punto anterior me referí a “Quién soy” no hablaba solo como individuo sino también en relación con los demás. La educación tiene sentido únicamente si nos ayuda a sacar lo mejor de uno mismo, pero también de todos.

Comparto una historia. “Una estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba la primera señal de civilización en una cultura. La estudiante esperaba que la antropóloga hablara de anzuelos, cuencos de arcilla o piedras para afilar, pero Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua es la prueba de una persona con un fémur roto y curado. Mead explicó que, en el resto del reino animal, si te rompes la pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a beber agua o cazar para alimentarte. Te conviertes en carne fresca para los depredadores. Ningún animal sobrevive a una pata rota el tiempo suficiente para que el hueso sane. Un fémur roto que se curó es la prueba de que alguien se tomó el tiempo para quedarse con el que cayó, curó la lesión, puso a la persona a salvo y la cuidó hasta que se recuperó. Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización, explicó Mead”.

Gestionar la relación con terceros tiene como objetivo principal colaborar. Colaborar consiste en ayudar y pedir ayuda, se basa en compartir lo más valioso que tenemos: nuestro conocimiento. Se trata de recuperar la comunidad, de transitar de la sobrevalorada inteligencia individual a la colectiva. Cuando Newton hablaba estar “subidos sobre hombros de gigantes”, simplemente reconocía que si nuestra civilización ha llegado hasta aquí es gracias a los conocimientos que nos regalaron las generaciones anteriores. Me he referido a la colaboración y su impacto (no solo en el pasado sino en el futuro) en numerosas ocasiones. De hecho, el secreto que explica nuestra inteligencia es la capacidad que despliegan nuestras neuronas de colaborar en lugar de competir.

¿Por qué es crucial gestionar inteligentemente nuestros vínculos? Los desafíos que nos acechan, sea el cambio climático, la automatización o la desigualdad, son inabordables sin la colaboración mundial ¿Te imaginas que cada país hubiese tenido que desarrollar su propia vacuna para el coronavirus? Afortunadamente, la tarea se abordó como un ejercicio colaborativo que ha exigido crear y compartir nuevo conocimiento entre miles de científicos de todo el planeta.

En el mundo actual no puedes hacer nada tú solo por 2 circunstancias que todos estamos sufriendo: 1. Los problemas tienen tal grado de complejidad que no tienes todo el conocimiento que se necesita para enfrentarlos (nadie lo tiene ya que nadie sabe más que todo el mundo). 2. El mundo cambia tan velozmente que el conocimiento caduca cada vez más rápido y nadie es capaz de aprender todo lo que hace falta a ese ritmo tan frenético. En resumen, todos necesitamos de todos, nadie se puede valer por sí mismo y para ello, es imprescindible establecer y mimar las relaciones con los demás. Las principales capacidades para administrar el mapa de relaciones tienen al lenguaje como vehículo: comunicar, negociar, resolver conflictos, influir, aceptar las ideas de otros y renunciar a las tuyas, reconocer, empatizar… Y en la base, para desplegar dichas capacidades, encontramos a las habilidades de toda la vida: hablar, escuchar, leer, escribir, preguntar. Por si no lo queríamos admitir, las habilidades de relación se sitúan al menos al mismo nivel que las de análisis o razonamiento. No es casualidad que las principales empresas del mundo (que además son tecnológicas) afirmen que la empatía es la habilidad del futuro (Google) o que el libro de del Director General de Microsoft mencione la empatía 53 veces ¿Dónde las aprendemos? El sistema educativo se desentiende de ellas lo que obliga a que cada uno se las arregle como pueda.

3. Expertos en aprendizaje. Tampoco es casualidad que uno de los más reconocidos intelectuales y la principal consultora coincidan en que la habilidad más importante es aprender. Si aceptamos que mundo cambia continuamente, entonces ningún aula puede prepararnos para siempre. El aprendizaje a lo largo de la vida se convierte en nuestra prioridad. Podríamos denominarlo el síndrome del explorador que no puede parar de aprender.

Es cuando menos contradictorio pedir a los alumnos que aprendan, pero no enseñarles estrategias sobre cómo aprender y dominar ese proceso. Afortunadamente, todos somos expertos en aprendizaje: los seres humanos fuimos diseñados para aprender, aunque la educación ha traicionado esa inclinación natural imponiendo un modelo artificial. Aprender es sinónimo de transmitir conocimiento que ya existe a través del entrenamiento y mediante cursos. Pero para un mundo cambiante que devora conocimiento, el aprendizaje que necesitamos consiste en crear nuevo conocimiento que surge de enfrentar problemas inesperados e imprevisibles. Nuestros hijos quieren aprender, lo que detestan es estudiar. El colegio fue diseñado para enseñar y no para aprender. Hemos domesticado a los niños al punto que esperan que alguien les diga qué aprender y cómo. Enseñar implica que el protagonista es el que sabe. Aprender exige reconocer que el protagonista es el que aprende. No se puede enseñar “quien soy”, lo debe experimentar cada uno ¿Qué preguntas necesitamos respondernos para diseñar nuestra trayectoria de aprendizaje?

·       Qué aprender y para qué: Lo más importante es aprender a vivir. Cuando te preguntas “Quién soy”, en la respuesta aparece implícito lo que debes aprender para llegar a serlo. Solo puedes responder “Qué necesito aprender” si tienes claros tus objetivos, tu norte, lo que te inspira, algo que la educación desprecia.

·       Cómo aprender: Nuestros hijos no saben aprender ni como se aprende. Cada vez que hago un taller sobre aprendizaje, pregunto a los participantes cuál es la mejor manera de aprender. El 95% no son pedagogos ni neurocientíficos y responden invariablemente “haciendo”. El error, la reflexión posterior y las preguntas aparecen como elementos primordiales. Si aprender es un proceso emocional, todo empieza con algo que te emociona a ti.

·       Cuando aprender: Aprendes sobre todo cuando lo necesitas y no cuando lo prescribe el calendario. Aprender es como el hambre, de hecho, aprender requiere tener hambre de conocimiento. No puedes tener hambre cuando otros te lo ordenan. El sistema educativo quiere que comas cosas que no te gustan y cuando no tienes hambre.

·       Dónde aprender: No necesariamente en un aula o un curso (nadie necesitó un curso para aprender sobre covid). El mundo es el mejor laboratorio de aprendizaje.

·       De quién y con quién aprender: La humildad es el principal facilitador del aprendizaje (y la soberbia su principal obstáculo). Se puede aprender de cualquier persona, no hay nadie de quien no puedas aprender algo lo que significa que todos tenemos algún conocimiento valioso para el resto.

De nuevo, hablamos de ser conscientes de que la principal habilidad en tu vida es aprender: saber cómo aprender y tener como prioridad que siempre debes estar aprendiendo. Toni Nadal repite en todas las entrevistas que el principal talento de una persona es su capacidad de aprender. Pero el concepto anglosajón de Learnability se queda corto: no basta con la capacidad de aprender (todos la tenemos) sino de  enamorarnos del aprendizaje, experimentarlo y convertirlo en tu leitmotiv.

Conclusiones:

Gracias a la pandemia, hemos tenido tiempo para reflexionar y ojalá para aprender algo de nosotros mismos. Lo que de verdad debiésemos esperar de la educación es que nos ayude a conocernos mejor (quien soy y hacia dónde voy), a relacionarnos con otros, a convertirnos en expertos en aprender y hacernos cargo de nuestro propio aprendizaje. Es decir, tienes que ponerte ante el espejo y asumir que tal vez no te guste lo que veas. En determinados momentos puede que necesites saber de física o de gramática, pero lo que es seguro es que tendrás que lidiar contigo mismo todos los días de tu existencia. Debemos poner el énfasis en habilidades transversales y atemporales:  autoconocimiento (inteligencia vocacional), relacionarnos con otros (inteligencia social), gestionar emociones propias y ajenas (inteligencia emocional), planificar objetivos (inteligencia estratégica) y principios éticos y valores (inteligencia espiritual). Si el futuro depende de aprender, entonces pertenece a las personas más que a las máquinas. Nosotros decidimos el “Qué” y dejamos a las máquinas que resuelvan el “Cómo”.

Todos los países establecen un examen de acceso a la universidad para condicionar lo qué pueden estudiar los jóvenes que terminan la educación secundaria. Es hora de eliminar ese requisito caprichoso e inútil. En su lugar, lo que debiésemos solicitar a cada adolescente es que presente un proyecto de lo que quiere ser: un plan en que explique qué quiere hacer, por qué y cómo tiene previsto lograrlo (aunque después lo cambie un millón de veces). El rol de los profesores es acompañarlos en su elaboración. Para eso, el colegio te tiene que ofrecer la posibilidad de conocer todas las posibles opciones a las que podrías dedicar tu vida ¿Qué significa ser músico profesional, fotógrafa, chef o consultor? La buena noticia es que nuestro cerebro nunca deja de cambiar mientras estamos vivos y, por lo tanto, siempre podemos aprender. No nacemos solo una vez (cuando nos alumbran) sino muchas. Necesitamos pasar de ser una página en blanco en la que otros escriben a ser nosotros los autores de nuestro propio relato.

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