Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant


‘El chico a quien criaron como perro’

https://www.playgroundmag.net/now/el-chico-perro_22646396.html

Tina, de 7 años, ha sido violada en repetidas ocasiones.

Shandy, de 3, es la única testigo de un cruel homicidio que acabó con la vida de su madre.

Laura, de 4 años, se desnutre en una cama de hospital como reacción a la absoluta falta de afecto materno.

Leon es un adolescente manipulador, ha violado y matado brutalmente a unas chicas, y además le gusta alardear de ello.

El pequeño Justin no tiene cuna, sino jaula; su padre lo cría cual perro.

Y un grupo de niños y niñas temen enfrentarse al mundo real, después de haber sido atemorizados por la sangrienta secta en la que crecieron.

Estos son sólo algunos de los nombres y algunas de las historias que se recogen en el libro El chico a quien criaron como perro (Capitán Swing). Un diario de psiquiatría infantil firmado por Bruce Perry y Maia Szalavitz en el que Perry recuerda su trabajo con 10 de los casos más significativos que han pasado por su consulta.

Un cuaderno de atrocidades que sólo a veces, y con paciencia, tienen final feliz

Donde decimos significativos, nos referimos a tremendos. A los casos más extremos de menores que han sufrido traumas siendo aún muy pequeños y cuyo crecimiento personal, intelectual e incluso físico se ha visto afectado por sus vivencias.

Este cuaderno de atrocidades, con el que no habrá capítulo donde el lector no se sienta zarandeado, es en realidad una crónica de la inocencia interrumpida; un estudio del cerebro infantil y de cómo ciertas situaciones creadas por los adultos que rodean al niño, pueden convertir a este en una máquina sin sentimientos, en un obseso sexual, en una víctima de la anorexia, en un desconfiado o en una mente irreparable.

 

O en palabras de Bruce Perry, cuando no puede hacer nada ante casos como el de Leon —tan joven, tan falto de sentimientos, tan cruel y poco arrepentido de haber destrozado la vida de dos chicas de su edad—: “soy dolorosamente consciente de lo mucho que nos queda por averiguar”.

El propósito de Perry en estos textos es el de hacernos ver la importancia del cariño y el afecto para con nuestros hijos, así como la eliminación de los tabúes cuando hablemos con ellos, o la insistencia en tratar los problemas una vez, no dejarlos para el día siguiente, ir a la raíz para encontrar el daño y repararlo antes de que sea tarde.

Porque al contrario de lo que muchos piensan, en sus primeros años de vida los niños saben más de lo que parece. Sólo a través de gestos, tonos de voz o costumbres, un bebé puede intuir si el adulto lo cuida, si el entorno es seguro o si existe peligro.

«Déjame ver si lo  he entendido bien —empecé—. Una niña de tres años presencia cómo violan y después matan a su madre. A ella misma le hacen cortes en el cuello y la dan por muerta.

»Se queda sola en su casa junto al cuerpo sin vida de su madre durante once horas. Después la llevan al hospital, donde le curan las heridas que tiene en el cuello.

»En el hospital, los médicos recomiendan someterla a tratamientos y evaluaciones continuas de salud mental, pero, una vez le dan el alta la envían a una casa de acogida bajo tutela estatal.

»Los SPI que se ocupan de su caso no consideran que necesite la ayuda de un profesional de la salud mental, de modo que a pesar de las recomendaciones de los doctores no recibe ninguna clase de ayuda.

»Durante nueve meses, la niña va de una casa de acogida a otra sin recibir ningún momento cuidados terapéuticos o psiquiátricos, y nunca se comparten los detalles de sus experiencias con las familias de acogida porque la niña debe permanecer escondida. ¿Es así?»

El desamparo, la falta de afecto, nuestro empeño en pensar que un niño tiene toda la vida por delante y que “ya lo superará”. Bruce Perry derriba mitos y nos pone contra las cuerdas como lectores —y como padres— enseñándonos la parte más oscura de su trabajo, para que nos demos cuenta también de cuál es nuestra parte de culpa.

Lo más llamativo y lo que al final resulta más conmovedor e incluso indignante de El chico a quien criaron como perro, son las historias que no se cuentan.

Bruce Perry nos enseña cómo detener al trauma, aunque lo que de verdad quisiera es enseñarnos cómo evitarlo

Al fin y al cabo, aunque Perry explora y retrata aquí distintas capas de la sociedad estadounidense, lo que narra no dejan de ser historias del primer mundo, muchas de ellas aisladas y casi todas excepcionales.

Si ellos, desafortunados chicos blancos nacidos en familias blancas de clase media, son capaces de sufrir tantísimo dolor, ¿qué no serán capaces de sentir los niños que a diario se enfrentan al hambre, a la desigualdad, al terrorismo e incluso a la guerra?

Anuncios


“Hay que añadir vida a los días, todos los días”

Anne-Dauphine Julliand, periodista, escritora, estrena el documental ‘Ganar al viento’

Lección de vida

Ha vivido la pesadilla de cualquier madre o padre, de un día para otro le dijeron que su hija de dos años moriría y, antes de eso, iría perdiendo todas sus facultades a causa de una enfermedad genética. Loïc y Anne-Dauphine tenían un hijo de 4 años y una niña en camino con el 25% de probabilidades de padecer la enfermedad. Murió a los 11 años. Decidieron entregarse a cada momento con pasión, lo contó en Llenaré tus días de vida (Temas de Hoy). El viernes estrena en España su documental Ganar al viento, que recoge los testimonios de cinco niños con patologías crónicas y nos muestra la vida a través de sus ojos, sus ganas de luchar, su inmediatez, su forma de vivir en el presente, su franqueza, su alegría. Una lección de vida.

Cómo afrontar el dolor de la muerte de dos hijas?

No se puede afrontar, sólo aceptar, darle un lugar en tu vida.

Cuénteme su proceso.

Cuando Gaspar tenía dos años nació Thaïs, una niña perfecta. El día de su segundo cumpleaños nos dijeron que padecía una enfermedad degenerativa, leucodistrofia metacromática, y que iba a morir, peor que eso, que todo lo que tenía lo iría perdiendo: la vista, el oído, la posibilidad de hablar, la movilidad.

Thaïs vivió hasta los tres años y medio.

…Y nueve meses. Merece la pena contar los meses. No puedo explicarle cómo me sentía. Decidimos contarle a Gaspar lo que sucedía, él lo entendió, lloró con nosotros. Después, como hacen los niños, se secó las lágrimas y dijo: “Ahora vamos a celebrar el cumpleaños de Thaïs”. Le dijimos que no, pero él replicó: “Ahora está viva, es su cumpleaños y merece una fiesta”.

Gaspar tenía las cosas claras.

Fue como si sus palabras me dieran permiso para aceptar los momentos de felicidad y vivirlos . Me di cuenta de que la vida se vive un momento después del otro, llorando cuando es triste y riendo cuando es alegre.

Dice que Thaïs fue su gran escuela de vida.

Antes de acompañar a Thaïs en su camino de vida yo había tenido una vida privilegiada, sin sufrimiento, con un trabajo que me encantaba, junto al hombre que amaba y con dos hijos preciosos. Adoraba a mis hijos, pero con muchas exigencias y muchos miedos.

Se proyectaba en el futuro.

Sí, y la historia de Thaïs me permitió aprender a querer a mis niños y a los demás por lo que son y no por lo que serán. Es fácil querer a una niña perfecta, y yo no sabía si podría quererla sin poder comunicarme con ella, sin defenderme de su enfermedad, sin tristeza, sin amargura.

Ir perdiendo facultades debe de ser duro.

Los niños saben vivir en el presente. El día que perdió la vista yo estaba totalmente traumatizada, pero Thaïs se habituó con serenidad y sin perder la alegría.

¿De dónde sacaba usted las fuerzas?

No lo sé. Podemos más de lo que pensamos. Azylis nació cuando nos enteramos de la enfermedad de Thaïs, ella también la padecía, es genética y tenía el 25% de probabilidades.

¿Y aun así ha tenido otro hijo?

Es muy difícil explicarlo, y muy íntimo, no tenía miedo. Arturo está perfecto.

¿Cuántos años vivió Azylis?

Once años, pero teníamos esperanzas de curar la enfermedad. Le hicieron un trasplante de médula ósea y durante tres años estuvo perfecta. En esas circunstancias nació Arturo. Pero la enfermedad se desarrolló en Azylis.

Debió de ser durísimo.

Nunca me he preguntado el porqué, no hay respuestas. Nos centramos en el cómo, cómo vivir, qué hacer para que esas niñas fueran felices, porque ese es el trabajo de un padre, y la única manera es vivir cada momento con intensidad.

¿Cree que es feliz un niño privado de los sentidos, tumbado en una cama?

No es que lo crea, lo he visto. Mejor ser feliz oyendo, corriendo…, claro, pero no se puede ser feliz aunque estés perfecto, si nadie te quiere. Mis hijas han sido amadas tal como eran.

Thaïs era una niña alegre y bromista.Un día, al final ya de su vida, cuando me acerqué a su cama, ella giró la cara. Ya no veía, pero sabía dónde estabas. Di la vuelta a la cama, y volvió a girar la cabeza. Ocurrió seis veces, y temí que ya no me reconociera. Me entristecí, y entonces ella se puso a reír como una loca.

¿Estaba bromeando?

Sí, y comencé a jugar con ella: “¿Dónde está Thaïs?”, gritaba. Entró la enfermera y me contó que a ella le había hecho lo mismo, y pasamos la tarde las tres jugando al escondite y riendo.

¿Ese fue un momento de felicidad?

Sí. Se puede estar triste y ser feliz. Yo soy feliz, aunque ahora usted me vea llorar… Azylis murió hace un año, pero vivió bien en su silla de ruedas. Era alegre. Cuando yo estaba emocionalmente débil, nos abrazábamos largo rato. Azylis era mi fuerza.

Pocas parejas superan juntas la muerte de un hijo.

Si cada uno se encierra en su dolor, la pareja está perdida. El día que nos dijeron que Azylis también padecía la enfermedad, Loïc, mi marido, no dijo nada durante horas. Ya no estaba conmigo, había levantado un muro.

Se asustó.

Mucho, hasta que vi resbalar una lágrima por su mejilla. El dolor nos hace frágiles, y la única manera de curar el dolor es amando, pero cuando estás tan hundido, debes luchar por sentir amor, no aflora solo.

Se habrá preguntado por el sentido de la vida.

Es la propia vida, y hay que aceptarla y darle sentido añadiendo vida a los días, todos los días.

¿Cuándo se plantea hacer un documental sobre cinco niños con patologías graves?

Cuando entendí que la manera que tenían mis hijas de afrontar la enfermedad y la vida es común a todos los niños quise que nos lo contaran.

¿Sabiduría innata?

Los niños saben que existe la muerte, pero eso no les impide vivir con intensidad cada momento. No proyectan en el futuro el dolor del momento, no tienen miedo, el impulso de vida es más fuerte y viven en él. Debemos rescatar esa parte de nosotro